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Luciano, un viejo querido por todo Buenos Aires, celebra sus 100 años

29 de septiembre de 2011
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Como si los años no le pasaran, como si su cuerpo no se desgastara en absoluto, como si cada instante de su vida permaneciera registrado en su mente como un álbum de fotografías, como si cada historia de estos 100 años estuviera tejida en un sin fin de recuerdos y vivencias que se hacen imposibles de borrar.

Ese es Luciano Bustamante, un anciano para quien vivir ha sido su mayor felicidad. Y quien confiesa con orgullo que emparrandarse y trasnochar son la clave para llegar a los cien años, celebrará el viernes con misa, cena y músicos, acompañado de vecinos y familiares en el barrio Buenos Aires.

El mismísimo Lucio, como le dicen de cariño, no sabe qué es ir al médico ni tomar medicamentos, ni usar gafas para leer a diario EL COLOMBIANO, ni bastón para ir la tienda de la esquina a dar una vuelta, ni mucho menos apuntes para contar historias con fechas y nombres porque su memoria es increíble.

Es el vecino más cuidado y querido por los habitantes de este sector del oriente de Medellín, en la carrera 30 con calle 46. Ellos lo consideran como un padre ejemplar que ha desempeñado el rol paterno y materno, desde que murió su esposa, Celmira Escobar, hace 37 años, la madre de sus 12 hijos, a quien no ha podido olvidar. “Solo si me dieran otra igual a ella, me volvería a casar”, afirma.

La conoció en Venecia, su pueblo natal, cuando tenía treinta años y ella no había cumplido 15. Y el amor fue tan grande, que la enamoró “matándole” el ojo en el parque del pueblo a escondidas de sus padres, puesto que según cuenta, su suegra Mamá Marta, que murió de 101 años, no lo quería para su hija por bebedor.

“Ese papá fue una mamá y ahora es el mejor vecino. Me ponen a cuidarlo cuando estoy afuera, pero él se vuela solo a dar una vuelta y no queda más remedio que poner la queja, y a esa edad es peligroso. Lo digo porque mi esposo es sargento primero de las Fuerzas Armadas y va a cumplir 94 años en octubre”, señala Isabel Correa, vecina de la familia.

¿Cómo llegó a Buenos Aires?
Luciano fue de los pioneros que llegó a Buenos Aires y, según dicen sus vecinos, fue de los fundadores del barrio. “Cuando yo llegué no había tanta gente, pero sí recuerdo que solíamos visitar la tienda de la esquina que se llamaba Luces de Buenos Aires. Y cuando compré esta casa, que era de bahareque, la tuve que reconstruir.

Fue el segundo de nueve hijos que nació en una familia de conservadores que tuvo que presenciar y luchar la época de La Violencia en Colombia, época por la cual se vio obligado a venirse a vivir a Medellín en el año 58, debido a que la situación en su pueblo se estaba poniendo “caliente” y ya habían matado a su hermano y a su padre.

Sin embargo, esa no fue la primera vez que visitó la ciudad. Lo recuerda muy bien cuando viajó por primera vez en tranvía con su padre desde Tarzo hasta Palomos, y de Palomos a Caldas, para luego tomar un carro hasta Cisneros y darle un recorrido a la ciudad.

Luciano recuerda con gran emoción el día que asistió con sus amigos a la inauguración de la plaza de toros La Macarena, pagando la entrada a 1.500 pesos. Cuenta que en ese entonces vivía en Venecia, su pueblo natal, y venir a Medellín era tan difícil que tardó un día y medio en llegar a ver a los toreros Manolete y Arruza.

Porque si algo ha tenido claro él, es que ha querido los animales por haber nacido en un pueblo. Por eso, su mayor pasión es montar a caballo y hasta hace pocos años disfrutó de este hobbie con sus amigos. Recuerda entre risas cuando iba a visitarlos en su Colimocho y luego se iban a parrandear y a tomarse unos tragos, eso sí le gustaba.

¿En qué se ha desempeñado?
Empezó a estudiar en el año 20, en la escuela  de Arabia, en la que era reconocido por ser el novio de las maestras, e hizo el bachillerato en Fredonia, del cual recuerda con nostalgia a sus compañeros y profesores. Lo que más le causa tristeza es que no pudo estudiar medicina porque su padre no tenía recursos para ayudarle a pagar su carrera.

Al no poderse dedicar a esta ciencia,
trabajó con el café durante más de 15 años en Venecia, luego manejó un camión en el que recorrió el país casi por completo, se jubiló en la bodega del almacén Ley de Laureles y al salir de allí, manejó el archivo del notario Castor Iván Correa, donde le dieron las llaves y le tomaron una confianza increíble de la que se siente muy orgulloso.

Hoy es el encargado de hacer el chocolate todas las mañanas por gusto propio. Le encanta salir a pasear a la tienda de la esquina, leer la prensa, ver las noticias en la televisión y estar acompañado de sus vecinos y familiares.

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