El pasado domingo, la homilía del Papa Francisco, pastor y líder de los católicos, llamó a reflexionar a los creyentes, y a los no creyentes, sobre este asunto sustancial de la vida: ¿Quiénes somos?
Una pregunta de enorme profundidad frente a un mundo de principios morales y éticos en crisis, en desmoronamiento. De elecciones facilistas, donde todo tiende a relativizarse. De individuos con procederes y criterios flojos.
"¿Yo soy como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo?... ¿Soy como aquellos líderes religiosos que tienen prisa en organizar un tribunal y buscar falsos testigos?... ¿Soy como Pilatos que cuando veo que la situación es difícil me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad y dejo condenar -o condeno yo- a las personas?"
Acudiendo a estos pasajes bíblicos, a estas emblemáticas imágenes de la historia cristiana, el Pontífice, que siempre nos plantea dilemas incómodos y aleccionadores, nos llama a defender las creencias cristianas, pero también a caminar con firmeza en la práctica diaria de nuestras relaciones sociales y de nuestras tareas productivas. Una claridad que nos ahorre ser dobles, ser hipócritas, ser acomodaticios, egoistas o mezquinos.
Este mensaje, entonces, no incumbe solamente a los católicos. Es una reflexión que se amplía a todo el espectro de la comunidad humana, en sus distintas escalas económicas, en sus convicciones religiosas, en sus preferencias políticas.
Al ser humano siempre le ha interesado conocerse, saber quién es, cuál es el sentido de su existencia y qué queremos en la vida. No es un asunto fácil de resolver, pero son respuestas que tenemos que buscar en el interior de nosotros mismos y estos días santos son propicios para ahondar en esta introspección.
Francisco nos pone contra las cuerdas con el mejor propósito de que cumplamos una lucha existencial en la que no nos rindamos ni traicionemos a los demás al primer tropezón o a la encrucijada más sorpresiva.
Aprovechemos estos días no solo para el descanso y la parranda, sino para que reflexionemos en torno a aquellos valores que nos permiten llevar una vida más auténtica, es decir, aquella en la que lo q ue pensamos y creemos está en concordancia con nuestros actos, pero buscando siempre el bien común y no persiguiendo intereses inconfesables.
Atendamos el mensaje del Papa para que nos revisemos y descubramos si interiormente nos habitan espíritus piadosos, honestos, trasparentes, generosos, solidarios o si estamos carcomidos por un mundo de envidias, burlas, calumnias, traiciones.
Estemos cerca o lejos de los templos, comulguemos o no con el Señor, estos dilemas éticos no corresponden a asuntos exclusivos de credo o doctrina sino de convicción y comportamiento frente a las faenas diarias de la vida, en las que probamos qué tan auténticos y coherentes somos como seres humanos.
El mensaje del papa es para los judas y los pilatos de la misma iglesia
Por FABIÁN SANABRIA
Director del Instituto Colombiano de Antropología
El mensaje de Bergoglio, el Papa Francisco, es muy claro. Cuando se refiere a los judas que entregan a su maestro, se está refiriendo a los curas pederastas que tanto daño le han hecho a la Iglesia. A sacerdotes que traicionaron los preceptos cristianos, a la Iglesia, y la llevaron a una gran crisis. Desde sus tiempos como obispo de Buenos Aires es clara la misión de Bergoglio de expulsar a estos curas “aflautados” que abusaron de los niños. Ese es el mensaje en primer lugar, un mensaje interno para la misma Iglesia. El segundo mensaje también es para la Iglesia, para todos aquellos pilatos que dieron el sofá y se lavaron las manos, que no son más que los pastores que han estado ajenos a los males de este mundo, y también para los curas que por un lado predicaban la fe y por el otro estaban quebrando la Iglesia y poniendo el Banco del Vaticano al servicio de la mafia italiana.
Obviamente el mensaje del Papa Francisco se puede entender de una manera más amplia si hablamos de los pilatos, aquellos líderes del mundo que se lavan las manos frente a la catástrofe ambiental en el mundo, la desigualdad, las guerras y el hambre. Hasta allá va Bergoglio, a dejar un mensaje claro para la misma Iglesia, por sus judas y pilatos.