Qué difícil espantar recuerdos, Nora! Nora Quiroz, la de los ojos verdes, como de ángel, la que volverá a la vida sólo cuando definitivamente la voluntad sea más fuerte que el imán de la droga, que atrae para destruir, para matar.
Quién iba a creer que a esa linda que se paseaba por las aulas y gimnasios enseñando aeróbicos, algún día se la iba a robar la calle hostil y dura.
Pero la vida es así. Y quien se ufana hoy de la gloria, mañana puede que le toque esconderse de la sociedad para que nadie aprecie su derrota.
Eso sí que lo sabe Nora, que tuvo su momento estelar y no lo manejó.
-Yo era tetracampeona nacional de gimnasia olímpica, campeona nacional de instructores de aeróbicos y bailarina profesional, trabajaba con el Sena, Comfama, Adida y la Universidad de Antioquia. Tenía todo y creí el cuento de que no necesitaba a nadie...-.
Nora lo cuenta y no puede evitar que unas lágrimas broten de sus bellos ojos... y se corte la conversación.
-Es que duele, pero sé que debo hacerlo como parte de la elaboración del duelo-, comenta esta habitante de la calle, que en el Centro de Acogida de Bienestar Social de Prado adelanta su proceso de desintoxicación de las drogas y su reinserción a la sociedad.
Sus ojitos quedan encharcados y se ve linda. Los golpes de la vida no le han quitado el encanto a esos ojos que hace 15 o más años, hacían brotar amores a primera vista.
Hoy aún es así, pero ya no levanta profesionales ni muchachos de postal. Se reinado se da entre los habitantes de las calles de Medellín, en donde sobresale como toda una reina. Y por eso, por sentirse bella, no abandona los escotes ni las blusas ombligueras, tampoco sus yines ceñidos al cuerpo ni deja de maquillarse el rostro. Es una diva de los pavimentos y las sombras y se autodefine como pasional.
¿Qué habría sido de su vida si aquella mañana de hace ya 13 años no se deja empujar por eso que las mamás llaman malas amistades y se va a montar parapente?
Ni ella misma tiene la respuesta. Pero sí recuerda claro ese momento fatal cuando la vida le cambió para arrebatarle los sueños.
-Yo vivía sola en un apartamento, era independiente. Había tenido una noche de farra y en la mañana llegaron unos amigos caleños, consumimos mucha droga y fuimos a volar. Yo no quería, pero insistieron. Me tiré, me elevé mil metros y tres corrientes de aire opuestas se mezclaron, no las supe manejar por mi estado, estaba traborracha, como decimos en la calle, y me caí, me maté, como dice el cuento, y cuando desperté estaba en la morgue del hospital-.
Nora cuenta que luego pasó tres años en silla de ruedas, que sufrió un daño cerebral severo, una especie de trombosis que le paralizó el lado derecho de su cuerpo y que, sobre todo y lo más duro, fue el fin de su carrera, el final de su gloria, la que sólo disfrutó pocos años, pues apenas se había graduado en el 94 como tecnóloga deportiva en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid.
La vida que se fue...
"Esta soledad tan incomparable con otra soledad vivida" , declama Nora. Los versos hacen parte de un poema que escribió hace apenas unos meses cuando una decepción amorosa la tocó profundo.
Porque pasional como es, como ha sido y como parece que será siempre, cuando el fatal accidente en parapente le cortó la alas de diva y de triunfadora, Nora, hoy de 37 años, se sumió en la derrota. En ese instante tenía 26 años y estaba en la cima de su vida. Mantenía dinero. Era la niña de la casa, la mimada de sus hermanos en un hogar donde todo giraba en torno suyo.
-Lo mejor era para mí, los regalos. Mi familia era bien, me dio todo, pero quise ser independiente y me estrellé-.
Y aún así, en ese depresivo momento, el hogar fue su refugio. Allí la arroparon, la ayudaron y aunque seguía en la droga, tenía el control. Pero les hizo daño, admite.
-Un día se suicidó mi hermano y no pude recuperarme. Entré en la depresión más honda y me tiré a las calles. Quería experimentar ese fondo. Mis amigos sólo estuvieron en la gloria, pero después vi que no tenía nada, que era fantasía. Y si caí de mil metros de altura, me hundí dos mil, tres mil metros o más-.
Nora llora. Insiste en que le hace bien. Lleva tres años en la calle y hasta diciembre pasado casi deja definitivamente las drogas. Pero una decepción la hizo decaer.
Hace unos dos meses volvió a levantarse -porque lo indigno no es caerse sino no tener la voluntad para subir- afirma.
Ahora se ve decidida. La instructora de natación quiere volver a las piscinas. La licenciada en educación física de la U. de A. (aunque le falta graduarse) quiere resurgir, y la bailarina profesional anhela regresar a las pistas. Quiere subir al podio. Tal vez no al de los trofeos y la gloria o la fama. A lo mejor se trepe a ese de la vida, donde la espera su hijo Pablo, de tres años, y muchas metas por cumplir.
Por lo menos se ha vuelto a enamorar. Y al amor que siente por Dios, al que invoca en todo instante, le sumó el de un hombre que le está resucitando el apego por la vida -inteligente, buen amante y de buen sentido del humor-, como dice que le gustan los parejos.
Se ha ido una soledad. Queda otra, "tan incomparable con otra soledad vivida, capaz y autosuficiente" , recita Nora. La de los ojos de ángel, ya cansada de esos golpes duros que la dio el pavimento, el hostil pavimento de las calles.
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