Benedicto XVI se rodeó este sábado de enfermos y discapacitados, de niños y de jóvenes que conocen el rostro del dolor, a quienes dijo que son la imagen de Dios, sus preferidos, y que la vida también es grande cuando irrumpe en ella el sufrimiento.
El papa insistió en que la sociedad les necesita porque contribuyen decididamente "a edificar la civilización del amor" y a pesar de que en esa misma sociedad "demasiado a menudo se ponga en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida".
Fue en un acto sencillo, espontáneo, emocionalmente intenso, celebrado al aire libre, bajo un calor sofocante, en una Fundación humanitaria que atiende a discapacitados físicos y psíquicos, que visitó el pontífice en esta tercera jornada en Madrid, antes de dirigirse después al aeropuerto de Cuatro Vientos para la vigilia multitudinaria, donde fue recibido por los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia.
Mensaje
Para el Santo Padre, "una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana".
Antonio Villuendas, con 20 años y estudiante de arquitectura, nació sordo "y al borde de la muerte", como recordó este sábado ante el pontífice. Él puso voz y rostro a todos los que gracias al Instituto San José tienen una vida más digna.
En su caso, dijo, la familia también contribuyó a que sea así:"gracias al amor que sintieron por mí, aún sabiendo que podía ser un obstáculo para sus vidas, siguieron adelante. Esto nos ha ayudado a superarnos, a no rendirnos nunca", recalcó.
Benedicto XVI se fue del Instituto San José con el rostro satisfecho, contento y con un cuadro que le pintó Evelin Cava, una joven con discapacidad intelectual, y con un ramo de flores que le entregó Miguel Ángel Bardera, discapacitado físico.