Ya estamos (lo estoy yo, al menos) hasta la coronilla de oír hablar de fútbol, de la Feria de las Flores, de las peleas por Twitter del expresidente Uribe. Por eso, para hablar de algo distinto, me fui mejor a echar palique con el padre Nicanor, mi tío.
Como llegué sin avisar y a deshoras, lo encontré casi terminando de celebrar misa, circunstancia que casi nunca me había tocado. Por estar ya viejo y a ratos impedido por la misma enfermedad de los años, tiene permiso del obispo para decir misa en su casa, pero sin asistencia de fieles. Su único feligrés (o feligresa, mejor) es Mariengracia, que funge de sacristán (no exactamente de sacristana, vocablo que se refiere a la esposa del señor que hace de sacristán) y al mismo tiempo de acólito y monaguillo.
Hago estas aclaraciones gramaticales sobre el género de los referidos vocablos de iglesia, porque sé que Mariengracia no me perdonaría si la llamara sacristana, acólita o monaguilla, palabras estas dos últimas que no existen, tal vez por aquello de la ancestral ausencia de lo femenino en los ámbitos clericales y en las celebraciones litúrgicas.
-Creí que se iba a incomodar, tío, por esta intromisión mía, sin avisar, en su rutina privada.
-No te preocupes, muchacho, que la misa nunca es asunto privado, sino siempre público por eclesial y, por lo tanto, siempre se celebra " coram populo ", aunque no sean sino Mariengracia y vos los asistentes.
-¿Y por qué, padre, esta misa un jueves, así como sin motivo?
-Ni te creas. Hoy es 4 de agosto y se celebra la fiesta de san Juan María Vianney (1786-1859), el santo Cura de Ars, que tiene un gran significado para nosotros, los curas, como nos llaman a los sacerdotes católicos, a veces con cariño, a veces con un cierto desprecio.
-Hablar de curas, tío, no es de muy buen recibo en la opinión pública, más ahora que, por los escándalos que sabemos, ustedes son tan desprestigiados, pagando así los muchos justos por los pocos pecadores.
-Por eso, hijo, a la luz del santo cura de Ars, y sin defensas apologéticas ni delirios de persecución, quisiera poner de manifiesto y enaltecer la existencia de tantos sacerdotes santos, anónimos, perdidos en pueblos, barrios y veredas. Curas de aldea, como el de la novela de Bernanos, o entre nosotros el beato padre Marianito, que protagonizan esa difícil hazaña de la santidad oculta y sin ruido en templos y parroquias, de sus luchas interiores, del apostolado sacerdotal maltrecho a veces por el pecado, a ratos por la maledicencia, a menudo por anticlericalismos trasnochados.
-San Juan María Vianney es patrono de?
-Patrono de los párrocos, propiamente. Para mí, su gran enseñanza es la humildad. Él fue un campesino pobre y no muy bien dotado intelectualmente, tanto que lo echaron de dos seminarios porque lo consideraban inútil para el sacerdocio.
-Pero siempre lo ordenaron sacerdote, ¿cierto?
-Gracias a su director espiritual y mentor, el padre Balley, que se encargó de formarlo, fue ordenado en 1810, pero al principio no le permitieron confesar, por desconfianza en su formación teológica, de ahí que acabó siendo sólo capellán vitalicio de la capilla de Ars.
-Interesante. Algo así como un sacerdote "de la descasez que hubimos", que decían hace años.
-Lo cierto es que la capilla de Ars se convirtió en parroquia a los tres años de llegar san Juan María Vianney y allí, durante cuarenta años ejerció su apostolado el santo sacerdote, haciéndose famoso precisamente como confesor. Con el cura de Ars nace una espiritualidad del clero secular o diocesano, que ilumina nuestro ministerio, nuestra presencia en la Iglesia.
-Pues, padre Nicanor, lo acompaño en la fiesta del santo cura de Ars. Me gusta le devoción con que usted habla de él, aunque sé que no basta eso para abordar los grandes cambios que la iglesia debe dar al sacerdocio ministerial.
-No me dañés el inventico, muchacho. De todas maneras no hablamos de fútbol, ni de Feria de las Flores, ni de Uribe. Era el milagro que buscabas, ¿no?
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