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Pedro, tan mágico como sus cuentos

DE CAMA EN cama en el hospital Pablo Tobón Uribe, Pedro Guiral Hernández va leyendo fábulas, cuentos, adivinanzas y novelas. Con sus historias les brinda un poco de entretenimiento a los pacientes y sus acompañantes. A todos les arrebata una sonrisa.

  • Pedro, tan mágico como sus cuentos | Fotos Hernán Vanegas | Pedro Luis Guiral Hernández alterna su labor de bibliotecólogo con la de promotor de lectura. Esto último lo hace en un escenario de dolor y de allí la grandeza y el valor de su actividad.
    Pedro, tan mágico como sus cuentos | Fotos Hernán Vanegas | Pedro Luis Guiral Hernández alterna su labor de bibliotecólogo con la de promotor de lectura. Esto último lo hace en un escenario de dolor y de allí la grandeza y el valor de su actividad.
12 de noviembre de 2011
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Cuando lo vi que venía por el pasillo del piso 7 del hospital arrastrando un cochecito cargado de cosas que a la distancia no pude distinguir bien, imaginé que se trataba de un vendedor de tinto, gaseosa y mecato, de esos que se ven a diario en cada calle.

-¡Qué bueno!, así no tendré que ir hasta la cafetería del primer piso-, pensé, aunque me pareció extraño que en pleno hospital dejaran a una persona ir tranquila ofreciendo comida.

Pero a medida que el hombre se acercaba hasta mí con su exótico carrito de madera y ruedas, empecé a distinguir que lo que llevaba no eran papitas ni gaseosas. No veo bien a lo lejos, pero ya de cerca la imagen quedó clara ante mis ojos.

-Son libros, lo que vende son libros-, imaginé y me pareció más extraño aún. Mi curiosidad de periodista me hizo olvidar las ganas que tenía de comprarle una Coca Cola y entonces empecé a observarlo con detenimiento, ansioso por saber qué hacía un hombre un sábado en la tarde, en pleno centro hospitalario, arrastrando un carrito con libros.

Para sorpresa, el hombre paró justo frente a la habitación 764, la misma donde estaba mi madre aquejada de dolencias del corazón, e ingresó. Pensé que lo había hecho atraído por mi presencia en el umbral, pero segundos después confirmé que no era este el motivo.

Pedro Guiral, con su carrito, llegó hasta el fondo del cuarto y se paró justo al frente de la cama de la jovencita que compartía habitación con mi madre.

-Hola, cómo estás-, oí que le preguntó y no alcancé a entender las respuestas de la chica. Ya se conocían, no me quedó duda. También lo saludó la madre de ésta, que estaba sentada en un sofá al lado de la cama, junto a la ventana.

Acto seguido, Pedro tomó un libro en sus manos y empezó a leer. No supe qué, porque no quise pecar de entrometido acercándome a la cama de la joven, y preferí sentarme en el sofá al lado de la cama de mi madre, que en ese instante dejó de interesarme un poco y preferí centrar mi atención en lo que hacía Pedro.

Escuché que él leía y la chica contestaba, pero entendía poco sus palabras, ya que a las camas las separa una cortina que corta el lazo visual e incluso el auditivo.

Pasados unos diez minutos, Pedro acabó de leer y emprendió la salida de la pieza. Esperé que la abandonara del todo y antes de que siguiera camino, decidí abordarlo para interrogarle sobre lo que hacía.

Una semana después
Lo que sospeché: Pedro ejerce una labor que considero de las más bellas del mundo: va recorriendo los cuartos de hospital y les lee cuentos y fábulas a los enfermos. Me lo confirmó aquel sábado y una semana después quise ver más a fondo lo que hacía.

"Ahora le voy a leer el cuento que se llama La gallina sabia: un día una gallina estaba picoteando y escarbando bajo un árbol, cuando se le acercó un chacal. Estaba muy hambriento y disfrutaba por anticipado del gusto que le daría comerse una sabrosa gallina..." , leyó Pedro ante un tocayo suyo que llevaba más de un mes internado en el hospital, don Pedro Nel Montoya Garcés, de 76 años y a quien se le acercaba por primera vez en su vida.

El paciente escuchó con atención y sonrió con el final del cuento.

-Salió más viva la gallina, vea usted-, comentó don Pedro, entonces Pedro agradeció su atención y dijo adiós.

-Muy bonito hombre, así uno se entretiene de esto tan duro-, me dijo el veterano paciente y añadió que está vivo de milagro, aunque la verdad no le entendí mucho cuál era su enfermedad. Mi mente estaba en otra cosa.

Pedro pasó luego a otro cuarto, el 728, en el que Omar de Dios Correa, de 56 años, intenta sobrevivir a un cáncer de cuello que le está robando la vida.

"Don Omar, buenas tardes, le voy a leer el cuento que se llama Cómo la lagartija le robó el fuego al jaguar. Una vez hace ya mucho tiempo vivía un jaguar a la orilla del río y este jaguar poesía el fuego. En aquel entonces ninguno poseía fuego, ni siquiera el hombre, entonces todos consumían alimentos crudos, sólo el jaguar podía hervir y asar los alimentos...".

Sin poder casi hablar, cuando Pedro acabó, don Omar estiró su mano para agradecerle y le preguntó que cómo podría obtener una libreta para hacer apuntes. Ni Pedro Guiral ni yo supimos para qué la quería, pero yo intuí que el escuchar, en medio de su dolor y soledad, que alguien le leía cuentos, lo había animado incluso a escribir tal vez su propia historia de pesares. Vaya a saber.

Pedro salió de la habitación y la más agradecida fue su familia, que lo ha acompañado cuarenta largas noches y días cuidándolo en su enfermedad.

Nunca me leyeron cuentos, pero jamás imaginé que una habitación de hospital podría ser el escenario para vivir tan maravillosa experiencia.

Entonces envidié a don Pedro, a don Omar y a cada uno de los 15 pacientes que Pedro visitó esa noche. A muchos de ellos tampoco nunca les habían leído en voz alta y fue su momento, aunque ya viejos y enfermos, para que les naciera el amor por la literatura.

La vida cuide a este buen hombre, pues cualquiera sea la razón por la que lo haga, cumple una misión que, repito, está entre las más bellas del mundo: les lee cuentos a los enfermos del hospital Pablo Tobón Uribe. La verdad me quedo sin calificativos y sólo se me ocurre decir que hace algo hermoso... excesivamente hermoso.

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