Si no fuera "porque Dios es grande", piensa su madre, algo mucho más grave podría haberle pasado a su hijo Maicol, un bebé de brazos a quien el pasado 7 de diciembre le cayó un volador encima de su cuerpo cuando estaba en la acera de su casa, en el barrio Las Margaritas, en Robledo.
Ese día, el niño y sus hermanas Mariana, de 11 años, y otra de cinco, encendían las velitas sentados encima de una toalla, cuando de repente algo llegó a toda velocidad del cielo y se posó en el cuerpo del pequeño.
"El niño empezó a llorar y Mariana a gritar. Vi que era un volador y como por acá hace mucho frío y estaba de noche, yo tenía el niño con un saquito grueso y eso lo salvó de algo más grave", relata Luz Soto, la madre de Maicol, que ha tenido que hacer mucho trabajo sicológico para que sus hijos les pierdan el miedo a las noches, pues temen que otro volador encendido les caiga y les haga daños peores.
Natalia relata que de todos modos la ropa del niño se prendió y, por fortuna, ella pudo actuar a tiempo y quitársela. A Mariana le cayeron chispas en una pierna y también sufrió quemaduras.
A ambos los remitieron de inmediato a la Unidad de Salud del corregimiento San Cristóbal, donde les hicieron las curaciones del caso y luego los dejaron salir a sus casas, pero con cuidados extremos dadas sus condiciones de niños, aunque las quemaduras fueron de primer grado. Las huellas quedaron en el estómago del bebé y en la pierna de Mariana, pero las peores las llevan en el alma.
"A mí me da miedo salir de noche", dice la niña, mientras su madre pide más prudencia a quienes juegan con pólvora.
"Es insólito que esto pase, nosotros el 24 nos encerramos a las 10 de miedo que algo les pasara a los niños", comentó Yaircinio Tique Hernández, padre de los dos niños.
No lejos de allí, en el barrio La Aurora, otro niño pagó las consecuencias de ese cáncer llamado pólvora. Se trató del pequeño Elián Chaverra, de nueve años, que por poco pierde uno de sus dedos cuando le estalló en sus manos un volador que se había encontrado en la calle. Relata su madre, Natalia Castaño, que ella quedó sumida en un mar de nervios porque en Medellín la pólvora llueve a cántaros cada noche de diciembre.
"Él iba con otro amiguito y se encontró un volador, después lo prendieron, pero como es niño le estalló en la mano, le tuvieron que poner un tornillo para asegurarle el dedo", relata Natalia, a quien le tocó hacer dos cursos en el Instituto de Bienestar Familiar para prevenir que algo similar no vuelva a ocurrirle a su hijo.
Hoy y mañana habrá que extremar los cuidados con los niños, pues hasta ayer en la mañana iban en Antioquia 170 quemados con este elemento, 64 de ellos niños, para un porcentaje del 34,8% del total de quemados en el país, que era de 489 casos, según el Instituto Nacional de Salud.
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