"Cultura no hay sino una, la humana, la del hombre y para el hombre" (Juan Pablo II). Afirmación de resonancias extraordinarias, que nos lleva a descubrir que la cultura es el hombre, y que donde hay un hombre, hay cultura.
Cultura es modo de relación del yo consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. En esta relación cosmoteándrica, la relación de amor con Dios es la religión. Relación de características singulares, pues Dios, que está creando cada cosa, en especial al hombre, mora en él como su más profunda intimidad.
"La religión es elemento esencial de la cultura, más aún, su centro determinante" (Benedicto XVI), de manera que no podemos concebir cultura sin religión, pues hasta la misma filosofía griega es teológica: "Entrad, también aquí hay dioses".
"El hombre, en medio de todas las diferencias de su historia y de sus formaciones comunitarias, es uno solo, es una misma y única esencia" (Ratzinger), y así cada ser humano es un modo diferente de hombre.
La religión es una dimensión de la cultura, y así, lo que afirmamos del hombre y de la cultura, lo afirmamos de la religión: Dios no hay sino uno, que cada uno vive a su modo, y ese modo es su religión. El modo determina la pluralidad, siendo muchos somos uno, siendo uno somos muchos.
Hay tantos modos de religión, como modos de hombre. Cada uno tiene su religión, individual y comunitaria. De la calidad de cada religión individual depende la calidad de la religión comunitaria.
La religión de S. Teresita era esta: "El camino por el que iba era tan recto y luminoso que no necesitaba más guía que a Jesús. Él me instruía en secreto en las cosas de su amor". El magisterio de Jesús en Teresita garantizó un comportamiento de rectitud asombrosa, que ha enriquecido de modo portentoso la institución católica a que pertenece.
La institución religiosa es una dimensión de la religión. Cada uno vive a su modo la relación con Dios, del cual depende la rectitud de comportamiento. Cuanto más amoroso, más recto en sentimientos, pensamientos, palabras y obras.
Los guardianes de la ley descalifican a Jesús por quebrantarla al juntarse con publicanos, pecadores y gente de mala vida y comer con ellos. Jesús responde contando la parábola del Hijo pródigo: yo obro así porque así actúa mi Padre. De su religión, la mística, nace su comportamiento, la ética.
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