Se ha dicho que la familia es un engranaje, que funciona de acuerdo a como cada uno de los integrantes se articula con los otros miembros, sin importar su tipología o conformación. Cada persona simbolizaría un submecanismo, con un sistema de creencias, unos esquemas, una forma de actuar, de pensar y de vivir, quizás muy diferente a los demás, porque aunque estén bajo el mismo techo, tienen necesidades que no confluyen, desde su proyecto de vida, experiencias, edad, amistades, intereses, etc., y las acciones de cada uno impactarán positiva o negativamente en el resto de los integrantes.
En los planes gubernamentales actuales parecería no ser tenida en cuenta tal concepción de familia, pues fraccionan las intervenciones, las descentralizan de tal manera que solo buscan impactar un grupo poblacional específico (mujeres, niños y niñas, adolescentes, adultos mayores, etc.) y no miden los resultados en la familia como debería de ser.
Quizás por esta razón es que cada día aumentan los índices de violencia intrafamiliar y con ésta, todos los fenómenos sociales negativos causados por la falta de comunicación, de tolerancia, de asertividad y de equidad entre los miembros de la familia, que se proyectan a la sociedad directamente.
Es imprescindible diseñar y ejecutar una política incluyente y de equidad familiar, centrada en procesos psicoeducativos y de apoyo social, con un enfoque diferencial de ciclo de vida, de género y de derecho, pero articulada desde la misma Secretaría, para intervenir, prevenir y promocionar actividades y programas en materia de salud psicosocial, con el fin de crear estilos de vida sanos, la cultura del autocuidado y de autoprotección e impulsar la generación de entornos y ambientes saludables en la familia, la escuela, el ambiente laboral y social. Que busque posicionar el trato digno en la interacción cotidiana que establecen las personas entre sí en el espacio familiar, haciendo énfasis en la prevención de la violencia intrafamiliar y sexual.
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