Ese día Freddy les dijo a los taxistas que estaba en el acopio para hacer carreras, como ellos. Que llevaba la gente ahí, en las dos únicas bancas de ese taxi, que de taxi no tenía ni siquiera las cuatro llantas: una carreta de tracción humana. Por supuesto, los taxistas templaron las garras. Y Freddy Salazar se rió.
La Bibliocarreta de ese entonces era un Bibliotaxi. Tax- leyendo , le pusieron grande, y en negro sobre amarillo, en un costado, ahí donde van los libros en forma de biblioteca. La placa, Leo 01 y "la vel. máx, 60 pág. por hora".
Todavía se conserva la velocidad, pero ya no es taxi, sino Bibliocarreta, negra, con letras de colores. Y ya tiene computador portátil, porque los tiempos cambian y hay que ir con la tecnología.
Lo que hace Freddy, que es el promotor de lectura, o mejor el animador, como lo llama Oswaldo Gutiérrez, el que se ingenió la carreta itinerante en la Biblioteca Pública de Sabaneta, ya hace diez años, es combinarle al amor por la lectura, un poco de juego.
Entonces los invita a leer, pero primero los hace reír, les cuenta un cuento y como él es payaso y mimo, le mezcla un poco al asunto. Por eso ese día, que ya tenía a los niños concentradísimos, les dijo, y pone voz de payaso: "El que no tenga un libro, no juega". ¡Y ay si en la Bibliocarreta quedó algún libro!
Van a empresas, escuelas, guarderías y varios domingos se han parqueado en pleno parque principal de Sabaneta para poner a la gente a leer.
"La carreta ha funcionado. Nuestra idea era hacer presencia en diferentes sitios, pero ya hay muchos que vienen a leer, después de que se convencieron en la calle", expresa Oswaldo.
La cultura los encuentra
La Bibliocarreta lo que hace es lo del dicho: Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Y como ellos, son varias los programas que tienen la misma intención: acercar la cultura, sea en forma de libros, museos o ciencia, a donde las personas estén.
Cultura itinerante. En carretas, carritos, cajas, camiones, motos, metro, mochilas. Cualquier medio es posible para conquistar.
"Tenemos que entender que hay muchas culturas y muchos públicos", explica Tomás Ruiz, un artista español que vino con el Antimuseo a participar en el MDE11. Y la propuesta es sencilla: un carrito, que a veces parece de crispetas, en la que una persona (no necesariamente artista) propone su arte, contemporáneo, muy posiblemente: es un centro portátil de Arte Contemporáneo.
Luego se van a recorrer las calles, y las personas de espíritu curioso voltean a ver y a preguntar y quedan involucrado. "La gente al toque entiende que ahí hay algo", añade el artista. Entonces mira y se cumple el objetivo: el arte llegó a él, sin que él se moviera de su sitio.
También está el Explora Móvil, que lleva la ciencia a diferentes lugares de la ciudad. Y están las Bibliotecas Viajeras, que propone Comfama, y que las llevan adonde las soliciten, sobre todo a empresas. "Es una caja hermosísima, donde puedes ver toda la colección", cuenta Martha Luz Botero, de la caja de compensación. Y las dejan tres o cuatro meses, con posibilidades de actualización.
En la lista está el Motomuseo, que lleva piezas arqueológicas, y las mochilas viajeras de Ratón de Biblioteca, que le prestan libros a los profesores.
Algunos ejemplos, porque hay más. La intención de todos es sacar la cultura a la calle. Acercarla a la gente, encantarlos, hacerlos untar de eso que parece tan lejano, extraño y aburridor. La experiencia resulta extraña y hasta mágica, pero enamoradiza.
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