Estación Cuatro Hermanas, en la que se cuentan historias de familia, se reza en grupo y no faltan las pequeñas fiestas o los regalos sorpresas, o los sustos y dolores por soledades, entierros o meras suposiciones. Y claro, también se habla de los amores al escondido, aparecen los recuerdos de cuando hubo dificultades económicas y no faltan los chistes, las exageraciones y las bendiciones para que un hecho no se repita (el de una pelea de borrachos o la pérdida de plata a los naipes, por ejemplo). Y, como la estación lo permite y allí abundan mujeres gordas y flacas (las unas bien maquilladas y las otras pintadas con rabia), se hacen críticas por un peinado, unos zapatos que no cuadran y algunas se callan para no atraer el mal de ojo cuando hablan de las cuñadas, las suegras y las vecinas. Y es que hablar y, para no pecar mortalmente, mencionar novenas y santicos milagrosos, comidas dañinas y feúras antes de bañarse, es propio de estos trópicos. Y a la que no habla se la acusa de tener úlcera, mal aliento o de estar escondiendo algo muy horrible. Y bla-blá.
Por estos días, que como en las corridas nos tienen de sol a sombra, he leído la novela de Emperatriz Muños Pérez, La casa en el barrio. Y me he dicho, por fin una novela decente sobre Medellín, sin muertes atroces ni desmesuras calibre bum-bum, carente de pornomiserias y delirios por exceso de droga o aguardiente. Una novela de esas que da gusto leer porque en ella transcurren hechos simples que a cualquiera le pasan. Y suceden en un lenguaje alegre, de señoras antioqueñas, que se dan gusto comiendo en la cocina y durmiendo juntas cuando necesitan sentirse o quitarse un miedo. Y en ese palique dan cuenta de Medellín, de morros y barrios, del centro y de todo lo que pasa sin ser peligroso.
Una historia refrescante esta, que da cuenta de ahora y los años setenta, de los esfuerzos por conseguir una casa y de las tías ricas que, tal vez arrepentidas, a veces ayudan y dan en el clavo, porque las muchachas (las beneficiarias) resultaron trabajadoras, echadas para adelante y puestas en su punto. Y si bien se suceden aventuras, son tan pequeñitas y finas que invitan a una sonrisa. Una historia, entonces, que nos dice que hubo un pasado en el que la gente se ayudaba, no era difícil conseguir trabajo y, si bien había pobreza, no era miserable ni denigrante. Y, como estaba faltando, los personajes son de clase media, más dados a los negocios que a otros oficios (algo tan antioqueño), muy buenos charladores y sin miedo a engordar ni perder el marido. La casa en el barrio, un buen espejo de tantas cosas.
Acotación: La novela, publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia, se sale del narco-canon de los últimos años, y esta salida (como la que logró Reinaldo Spitaletta con El sol negro de papá ), demuestra que, a pesar de tanto asunto y gente que se corrompe, no pasa eso con las palabras que crean la dignidad. Al fin una protesta sin gritería.
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