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Sobre una abominación

01 de julio de 2008
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La revista Soho es más que una revista de muchachas exaltadas a su máxima expresión, con el mínimo de ropa, como Eva, con atributos que hacen agua la boca del más fuerte. Además está escrita por algunos de los más destacados escritores latinoamericanos del día. Y yo.

El último número trae una crónica desgarradora,

"Un país de mutilados", de Alberto Salcedo Ramos, contó con el apoyo de Reporteros de Colombia, proyecto respaldado por la Universidad Javeriana. Y narra las experiencias de un grupo de personas que tuvieron la mala suerte de encontrarse un día inesperado sobre una de esas cosas llamadas por la insensibilidad minas quiebrapatas, y por el pudor miliciano minas antipersonal. Pol Pot, una fiera sin hígados del leninismo del siglo veinte dijo que son el soldado perfecto. Pues no comen ni duermen y aguardan a su víctima día y noche.

El absurdo del arma homicida es acentuado porque no tiene fecha de vencimiento. Una mina puede durar bastante para destrozar a los nietos del que la puso.

Salcedo revive en cuatro capítulos breves y conmovedores la tragedia de unos hombres, y mujeres, y niños y niñas, entre los más pobres y buenos, a quienes la vida les deparó al paso uno de estos artefactos que les dejaron daños irreparables: ceguera, sordera, desmembramiento, y lo peor: el sentimiento de la demencia del mundo en carne propia. Aporta datos espeluznantes. El Oriente antioqueño es la región del país más afectada por la abominación. Allí ocurrieron los últimos 17 años 2.368 accidentes con 1.520 víctimas entre ellas 220 niños. Hay bombas esperando en 31 departamentos de Colombia, en 679 municipios que equivalen al 60 por ciento de su territorio. Desde 2005 se presentan en promedio 3 víctimas diarias entre muertos y mutilados. Las minas cobraron 6.337 mártires. El horror.

La crónica está tan bien escrita, con un dolor contenido, que uno advierte con estupor el contraste entre la poesía y la mesura de las palabras y el horror que relata. Y piensa sin remedio si debería existir otra lengua vomitiva de la vileza, inventada por deformes, para describir tanta miseria; si es preciso descoyuntar el lenguaje para encontrar el modo de expresar semejante espanto, o si, en fin, la buena escritura se justifica como una forma de mantener un orden en una región de la Tierra, la del habla, y resistir a las cacofonías de la realidad.

Uno se descubre atragantado en sus lágrimas al acabar la lectura del terrible testimonio. En un país menos empedernido una crónica así levantaría una movilización a favor de la decencia humana, desmentida por esas pandillas de cobardes disfrazados de héroes de derecha y de izquierda que siembran en sus sendas con pavorosa indiferencia esas trampas fatales, que acaban por destrozar tarde o temprano un pobre burro y un aguatero despistado, un par de novios humildes en busca de un refugio para su amor, un abuelo con una brazada de leña para una sopa familiar de cumpleaños, o un par de hermanitos camino de la escuela con sus cuadernos bajo el brazo.

Cobardes, es una palabra demasiado suave para designar esta canallada que avergüenza el reino de los animales.

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