Estamos en el momento definitivo de la campaña por la Presidencia de la República y se comienza a observar el desespero de algunos candidatos por los últimos resultados de las encuestas, ya que a algunos tienden a desfavorecerlos y a otros, a pesar de los esfuerzos personales y publicitarios, nunca los han favorecido; por lo que las campañas o simpatizantes de estas candidaturas comienzan a moverse de manera azarosa para impedir de cualquier manera un eventual fracaso. Es así como se han dedicado a tratar de aniquilar a quien despunte o coja ventaja, a través de estrategias adobadas de deslealtades, rumores, descalificaciones, estigmatizaciones, amenazas, calumnias, insultos y mentiras, con el fin de tergiversar la realidad, de achicopalar al adversario y a fin de cuentas torcer sin ninguna consideración la voluntad de los electores.
Vincular algunos candidatos mediante anuncios o comunicados apócrifos y sin ninguna prueba como simpatizantes de la guerrilla, de los paramilitares o de grupos delincuenciales, es un adefesio. Estigmatizar a quien sufre una enfermedad, es una canallada. Tergiversar e insistir en reprochar ideas sacadas de contexto, es de personas de mala fe. Esculcar la vida privada de aspirantes en búsqueda de flaquezas, o intimarlos en prepararles tretas en su contra es el proceder de unos verdaderos antisociales. Manipular el miedo de la gente, sus debilidades y prejuicios, es una actividad oportunista, realizadas por personajes que no son merecedores de la confianza pública.
Colombia es un país que se encuentra en cuidados intensivos por una violencia que, a pesar de los esfuerzos y el paso de los años, no hemos podido superar, por lo que cultural y políticamente no resiste afrontar un debate electoral en el que medien circunstancias y expresiones peligrosas, intereses de toda índole y en el que coexisten fuerzas que durante estos años se han ido polarizando y que fácilmente, por una imprudencia, irresponsabilidad o ligereza de alguno de los candidatos o allegados a sus huestes, podrían originar situaciones de hecho que tengamos que lamentar.
La verdad, aunque duele decirlo, es que los colombianos nos seguimos matando por cualquier circunstancia o intolerancia, bien por un partido de fútbol, por una imprudencia en el tránsito, por un chiste o un chisme y, como dijo alguien: “En Colombia se truncan vidas, no sólo con balas, sino con sindicaciones e incriminaciones malintencionadas”, por lo que la prudencia y el respeto por las ideas deberían ser la regla de oro en la presente contienda.
El compromiso de todos y especialmente de los medios de comunicación en estos 18 días que faltan para el certamen electoral, en el que elegiremos al Presidente de la República para el periodo constitucional 2010 -2014, es el de dar a conocer los programas y la forma como los ejecutarán los diferentes candidatos; también realizar debates sobre sus ideas y no sobre odios y chismes faranduleros o perniciosos; los ciudadanos lo que necesitan escuchar es la forma como se conducirá al país para lograr su desarrollo, la paz, una educación incluyente y con calidad, la superación del narcoterrorismo y las reivindicaciones sociales para superar la miseria que aqueja a un sinnúmero de ciudadanos y que hoy son las primeras causas de la violencia que nos aqueja.
Hasta ahora los candidatos se encuentran en deuda con el electorado, porque ninguno ha expuesto con la suficiencia y autoridad que se requiere, cuáles son las estrategias para dar soluciones a la infinidad de necesidades; lamentablemente continúan con los mismos proyectos y remedios tradicionales que vienen de tumbo en tumbo desde hace tiempo y en los que ya nadie cree.
El pueblo está expectante en que en estos últimos días los candidatos impongan la reingeniería para afinar sus ideas y programas y no para estrategias de “propaganda negra”, sucia, rastrera y tendenciosa, que abra más la brecha de los odios y rencores y que produzcan heridas difíciles de sanar.
Por lo que la invitación es a votar, no por conveniencia sino por convicción, por el más idóneo, transparente, coherente y respetuoso, el que cuente con la campaña más ética y con el programa más inteligente, justo e incluyente. El aspirante que no se acerque a estas mínimas condiciones de juego limpio será merecedor de una tarjeta roja por parte del pueblo colombiano, quedando inexorablemente por fuera de competencia.