La vida en todas sus formas, existencias y significados dominaron el año en la ciencia y el cambio climático. Desde la coexistencia en este entorno con microorganismos aptos para libros de ciencia ficción, hasta las posibilidades de que en lejanos mundos exista vida para resolver la antigua pregunta de si estamos solos en este universo.
En 2000 se conocían dos decenas de planetas en otras estrellas. Hoy el número acaba de superar los 500. Dentro de ellos, un planeta fantasma surge como epicentro de la duda. En septiembre se reportó que en torno a la estrella enana roja Gliese 581 se encontró un sexto planeta, que residiría en la llamada zona habitable. Vinieron análisis y suposiciones. Y modelos de expertos, con base en los datos del estudio, anunciaron la posibilidad de que contenga vida y que, de haber, las plantas podrían ser negras.
No se ha confirmado aún por terceros su existencia. Refréndese o no, no parece lejano el día en que se encuentren no una sino muchas Tierras en otros sitios de nuestra Vía Láctea. Y ahí sí que habrá que repensar buena parte de las ideas que nos han hecho crecer como especie.
Fue en ese campo de la vida que hubo dos logros significativos: la creación de una bacteria sintética y el encuentro de un microorganismo que en vez de fósforo incluye arsénico en su química básica. Novedades que inducen a pensar sobre lo que viene en manipulación genética de las formas vivas y sobre lo mucho que falta por completar el mapa de la vida. Una manera de decir que no sabemos todo lo que creíamos saber en el campo de la biología y que nos recuerda que quizás no estamos preparados para soportar lo que la modificación de organismos implica.
Mientras esto se movía en la ciencia, el planeta soportaba uno de los peores años en de eventos climáticos extremos, afectando la vida de millones de personas de una manera nunca antes vista, un anticipo de lo que el futuro cercano podrá depararnos.
La vida modificada, descubierta y en peligro.
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