La sombra, que los vuelve gigantes y que los vuelve enanos, los hace girar en un piso azul como un mar cálido y cristalino que ni siquiera conocen. La sombra es la ronda que cantan mientras caminan de la mano de sus mamás que sonríen porque los ven felices y en calma, libres por unas horas, como se sienten ellas cuando no miran por la ventana enrejada.
Hay música y cámaras de televisión. Sus pequeños corren, abren los ojos y dicen ¡ay! con las imágenes de los cuentos, se meten por un túnel de colores, se acuestan en el tapete, tocan los tambores, saltan para alcanzar las telas que decoran el techo y corren, cuando la plenitud los desborda, para abrazarlas con fuerza.
Están en la Sala de Desarrollo Infantil Buen Comienzo, un cuarto de colores, un refugio para recordar lo que es ser niño, lo que es ser mamá, simplemente eso. Sí, ayer hubo fiesta en el Centro Penitenciario El Pedregal, con la ceremonia de entrega que organizó la Alcaldía de Medellín, pero también hubo nostalgia.
Viendo a su hijo de dos años y medio correr con una pluma gigante en la mano, Claudia* afirma que es una satisfacción contar con este espacio, para "despejarlos de un patio frío y de una realidad de tristeza. Podremos mostrarles que hay un lugar en el que pueden soñar y tener ilusiones".
Según las cuentas que lleva, en seis meses podrá recuperar su vida, con otros tres hijos que la esperan afuera y un esposo al que se le aguan los ojos al hablar de lo dura que ha sido esta experiencia.
Y dura es, como asegura María, pues "el niño no tiene la culpa de lo que yo hice y aún así tiene que pagar conmigo una condena, debido a que no tengo quién me lo cuide".
Por eso, aunque ayer estaba contenta, la angustia nunca se le va. Sufre por el frío que pueda sentir en el patio, por el sol que no disfruta a su antojo, por su nutrición y por su mirada en la que no siempre ve alegría. Y esas, cuenta, son las preocupaciones de las diez madres que viven con sus hijos en el penal y que forman hoy su familia.
Ver más allá
"Estoy contento viento", canta un grupo en la tarima, mientras madres e hijos se menean al son de la música y se abanican con el símbolo de Buen Comienzo, adornado con plumas.
Las abuelas también se emocionan al ver a sus hijas y nietos disfrutar. Ofelia* cuida de los cuatro hijos de su "niña". Está con la mayor de los cuatro, la de doce años, que repite cuánto extraña a su madre. "Es muy cariñosa. Cuando me le pueda acercar, le diré que la quiero y que le pido a Dios que salga rápido".
Pero de la sala también disfrutarán unos 400 niños que cada semana visitan a sus mamás y las gestantes que cumplen también su condena.
Johana, completó seis meses de embarazo, cuatro los ha pasado encerrada; y le faltan unos cinco años más. Su barriga resalta en la camiseta blanca de Buen Comienzo que luce.
Este sitio le da un poco de ilusión, pues su bebé, una niña a la que llamará Luisa, podrá jugar allí. Mariluz Loaiza, que toma la vocería de las mamás en la ceremonia de inauguración, también exhibe sus 23 semanas de gestación. A ella, tener a la mano a los profesionales de Buen Comienzo para orientarlas le da tranquilidad. Lo que desean, insiste, es el desarrollo de sus niños, en "medio de estas paredes toscas".
Pero esas paredes son invisibles cuando imaginan con sus pequeños que protagonizan cuentos y juegos, con sombras que los vuelven gigantes y que, luego, los vuelven enanos.
Nombres cambiados a petición de la fuente.
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