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Juan Manuel Alzate Vélez
Columnista

Juan Manuel Alzate Vélez

Publicado el 28 de febrero de 2021

17*. Cortinas y rumores

Lo vivió en carne y hueso. Ese noviembre de 1985, estuvo a escasas dos cuadras durante y después de ese evento nefasto, en el que tomó la responsabilidad de la Casa de la Moneda y la de alojar un comando especial. Decía: “Lo más grave de la toma del Palacio de Justicia no fueron las armas sino los rumores”. Explicaba que lo que desató el pánico y el caos no fue la violencia física del ataque. Por el contrario, lo más lesivo y dañino fueron “los rumores” que circularon por los corredores durante “la toma”, de que además del Palacio, estaban inundando la ciudad con camiones cargados de guerrilleros. Cortinas de humo.

Casi 36 años después, mantiene su recuerdo con lucidez y convicción férrea. Juan Luis Mejía, el más grande defensor de la cultura nacional, así lo afirma.

Antesala para elevar esta flaca voz de opinión y exigir periodismo y contenido noticioso, radial y televisivo juicioso. Profundo y disciplinado. Capaz de discernir y distinguir a su público perspectivas diametralmente opuestas: la información de la opinión, la educación del entretenimiento, lo constructivo de lo destructivo, lo relevante de lo vulgar, lo elocuente de lo superfluo.

Se hace cada vez más normal que medios de comunicación omitan deliberadamente esta responsabilidad. Es bueno preguntarse cuál es el impacto que colectivamente tienen en un país como Colombia, en el que la mayoría de su población se educa viendo contenido noticioso en el escenario familiar nocturno, con sus noticias ambientadas con música de fondo; o con novelas que entierran las virtudes y promueven valores invertidos, adheridos a ideales que defienden el tener a toda costa por encima del ser.

O lo que logran programas radiales de la mañana que enmarcan las rutinas cotidianas de fábricas, tiendas y pasajeros de transporte público. Franjas en las que el respeto por la conversación constructiva, el diálogo con argumentos queda minimizado y se privilegian intervenciones con agresiones verbales (no necesariamente en palabras, pero sí en formas). E incluso, se aprueba la degradación de la imagen personal de individuos particulares. Donde a manera de jauría, los entrevistadores aprovechan para deshacer la honra de las personas y normalizan esa conducta que, sin pensarlo, se traslada a los ambientes familiares y laborales de los radioyentes. También a los políticos. Una vergüenza nacional.

Más grave aún, canales televisivos que educan niños y adolescentes en casa y que hoy no encuentran motivos para abrir libros, pero sí razones para encender un televisor y ver programas de humor mexicanos grabados en las décadas de los años 70’s y 80’s.

Parece normal que hoy, tal vez por facilismo, los medios nacionales prefieran llevar la discusión política de la delicada situación política que vive Medellín y el Valle de Aburrá, al resumen de discusiones regionalistas inocuas, a caudillismos de otrora, a absurdas reducciones que omiten la profundidad real de la situación. Simplificando sobremanera un problema mucho más grande y motivo de otras columnas. Dejando entrever capacidades periodísticas mediocres en medios noticiosos de escala nacional, superados con creces por medios de menor escala que, quizás con menos recursos, pero más necesidad, o eventualmente sin sesgo de opinión, son capaces de producir posiciones críticas y serias de la situación. Puntos de vista argumentados que efectivamente informan y nutren la discusión ciudadana para tomar las mejores decisiones colectivas.

A todos estos medios de propagación de “(des)información” les pregunto: ¿ese que divulgan es el contenido que formará la sociedad que queremos ser en 10 años?, ¿es lo que generará el pensamiento crítico que sacará a Colombia de este sumidero de opiniones destructivas?, ¿formará personas que se atrevan a cuestionar o pensar?, ¿qué tan sostenible es ese modelo social que promueven con el contenido que impulsan en sus agendas?

Esta columna recuerda la importancia que tiene mantener y defender las buenas facultades de periodismo en las regiones. Su independencia. Su criticidad. Al margen de su subjetividad, la profundidad de su investigación es luz para quienes los consultan como fuentes de información

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