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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 13 de noviembre de 2014

A falta del Estado, que Dios lo guarde

Es un hombre sencillo, un zapatero de manos nudosas y maneras bruscas; habla duro, sin medir palabras, pero nunca con deshonestidad. Al hablar con él, reconoce que le falta tacto para decir las cosas, pero que nunca miente. Y eso es importante porque, además de sus zapatos, el hombre es concejal de un pequeño municipio del Suroeste antioqueño, y está convencido de que la única manera de comportarse al tener la responsabilidad de los ciudadanos que votaron por él sobre sus hombros es la absoluta honestidad; la intransigente lealtad con sus electores.

El problema es que contra todos sus esfuerzos, su municipio se encuentra –como docenas en Antioquia y cientos en Colombia- en manos de una poderosa fuerza política que lo gobierna como si de una finca se tratara.

El concejal conforma –junto a otro compañero- lo que queda de la fuerza de oposición al todopoderoso alcalde del municipio, fiel representante de la élite política local. El concejal, respecto a los políticos de su pueblo, dice: “El obrero es el alcalde, el patrón es el ciudadano, pero ellos no creen eso, no lo respetan”.

Y es que el control hegemónico del grupo político del alcalde sobre el municipio ha llevado a que escándalos de corrupción sean ignorados por las autoridades de control locales y la presencia de un miembro del grupo en el Congreso ha garantizado que desde la Nación también pasen de largo las denuncias.

El concejal se lamenta por esta situación, con una extraña mezcla de resignación y esperanza; de desconfianza en las instituciones nacionales, pero sin perder la firmeza por continuar su lucha. Es la viva imagen de la resiliencia democrática, de aguantar las frustraciones de la política frente a las dificultades del ejercicio democrático local en Colombia.

Pero está solo y lo sabe, y con cada sesión del Concejo en la que es ignorado y cada denuncia de su parte que cae en oídos sordos, su pelea se vuelve cada vez más inútil. Los buenos políticos en la localidad se pueden llegar a sentir bastante abandonados por el nivel central de gobierno.

La existencia de politiqueros y corruptos no es la sorpresa de esta historia, es más, se ha vuelto tan común, que supone una realidad tan repartida en el territorio nacional, que casi ni indigna. Lo que sí deja un vacío en el estómago, un mal sabor de boca, es que a los pocos que han reunido la valentía para enfrentarse a estos personajes, los dejen abandonados desde la Nación, una soledad que habla muy mal de nuestra democracia y no presagia nada bueno para nuestro futuro.

Pase lo que pase, el concejal seguirá en su lucha diaria por mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos y por contener los excesos de los poderosos de su pueblo, pues como decía durante su campaña a los ciudadanos que iban a votar por él: “Solo les puedo prometer lealtad y honestidad, eso es todo lo que tengo... nada más”. A falta del Estado, que Dios lo guarde.

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