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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 17 de septiembre de 2020

Amigos por siete días

En septiembre de 1977, hace 43 años, cuando conocí a Fernando Álvarez en Washington, el dueño del bar y la alhacena en la Casa Blanca era un sonriente y amable excultivador de maní, Jimmy Carter, antípoda político y humano de la joya actual, Donald Trump.

Así nos hayamos visto solo una vez, “big brother” Fernando, un barranquillero arrasador –valga la redundancia- clasifica para personaje inolvidable, estilo revista Selecciones.

Cuando Estados Unidos decidió devolverles el Canal de Panamá a sus legítimos dueños fuimos a cubrir el noticionón.

Para la firma del tratado Torrijos-Carter el general invitó numerosas personalidades. Por Colombia asistieron el presidente López y García Márquez quien no desató palabra.

Por Todelar estuvimos el director, Jorge Enrique Pulido, Marta Montoya, berraca reportera quindiana, y este moreno.

Ignoro de qué cubilete sacó Pulido a Fernando. Tal vez supo que nuestro hombre en USA narraba boxeo profesional y béisbol de las grandes ligas.

Nos vio tan indefensos e ingenuos en tierras del tío Tom –mejor persona que el tío Sam- que nos dio tratamiento de mascotas a las que había que proteger. Nos adoptó como si fuéramos sus chihuahuas.

Gozó viendo mi asombro de montañero ante un cachivache ( = dispensador) que por unas monedas te regalaba mecato y bebidas. Colón no se sorprendió tanto con las indias viringas del comité de recepción.

Nos colaba el aire y nos servía de intérprete porque nuestro inglés alcanzaba para señalar con el dedo en la carta el plato que queríamos engullirnos. Pidió evitar siempre la palabra “negro” por la carga racista que contenía.

Para curarnos en salud, a la hora de sentarnos a manteles aconsejaba comer opíparamente. Trabajó por amor al arte como una forma de sentirse en Colombia compartiendo labores con sus paisanos.

Sacaba sonido hasta de un suspiro o una malacara. Era el clásico todero. Repicaba y andaba en la procesión periodística. Su fuerte era el deporte pero nada de confundir a Torrijos con un policía acostado.

En los recreos laborales nos contaba su visión del país que lo acogió y le deparó mujer dominicana, Stella. Cuando los conocimos iban en una hija: Stellita. Consideró que por nuestra voz neutra podríamos ganarnos la vida en Estados Unidos doblando películas.

En el premio de periodismo Efe que se ganó Pulido por una entrevista al presidente Carter, Fernando tuvo grandes acciones.

De Washington a Nueva York viajamos en el avión presidencial. López Michelsen invitó a champaña a bordo. Fernando nos alojó en su casa neoyorkina y nos presentó la estatua de la Libertad, las torres repetidas, la Quinta Avenida.... Nos llevó a comprar en almacenes a tono con nuestro bolsillo tercermundista.

Lo extrañamos cuando el presidente López invitó a otra copa de champaña para celebrar en Palacio el premio otorgado a Pulido, asesinado por el narcotráfico. Besos, abrazos y codazos coronavíricos para “big brother” Fernando y su combo

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