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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 04 de diciembre de 2016

ANTIOQUIA GRANDE

El pasado miércoles, en el Atanasio Girardot, se manifestó la grandeza del pueblo antioqueño.

Impresionada por tanta generosidad, Claudia Jacques, ciudadana brasileña, escribió: “Ustedes son para el mundo un gran ejemplo de amor, paz y sobre todo de solidaridad...el pueblo que abrazó la tragedia de otro pueblo como suya. Deberían crear un premio Nobel de solidaridad, y hoy ya tendría dueño”.

Personalmente sentí que esa noche Medellín anticipaba la Navidad, que realmente ocurre cuando permitimos que acontezca el misterio del Amor gratuito que está en el origen de todos nosotros. En el Estadio éramos simplemente seres humanos unidos en el amor para derrotar la tragedia.

Este tiempo de Adviento es precisamente el tiempo para vencer las tragedias que se anteponen para frustrar nuestra plenitud humana. Nuestra tragedia grande como país es la violencia. Pues no tiene sentido ser cristianos, ni católicos, ni humanos, si continuamos ampliando el drama de 260 mil asesinatos de civiles y 60 mil desaparecidos de todos los lados, por el conflicto. El desafío ante esta tragedia es espiritual.

Y reconozco que quienes tenemos una responsabilidad ética no fuimos capaces de dar una orientación unida, desde nuestra tradición cristiana y católica, en un liderazgo libre de presiones políticas; para discernir en la incertidumbre y para decir a todos: lo que importa es el ser humano. Va a ser difícil pero no duden, no tengan miedo; quienes tenemos una responsabilidad espiritual iremos con ustedes; para que no volvamos a la guerra, se diga toda la verdad, se reparen todas las víctimas, se acepten todas las responsabilidades, se mejoren los acuerdos y se cumplan; para que no haya impunidad, y seamos capaces de perdonarnos.

Ante el vacío de este liderazgo, la paz dejó de ser causa espiritual y quedó en manos de la política, centrada en el poder e incapaz de generar los grandes valores suprapolíticos que dan sentido a nuestra vida. Y esa causa, en lugar de unirnos, se convirtió en motivo de odios, divisiones y rupturas.

Estoy convencido que la paz en este país solo será posible cuando Antioquia se deje tomar por el espíritu, y a pesar de los dolores y las incertidumbres, mire más allá de la política, para entregarlo todo por la reconciliación de Colombia.

Como la tarde del pasado miércoles, cuando el pueblo antioqueño derrotó con su grandeza la tragedia de los Chapecoenses.

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