Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 04 de febrero de 2019

¿CAPITAL DE LA INTOLERANCIA?

¿Al paso que vamos, está Medellín acumulando motivos para figurar como capital de la intolerancia? Los datos y episodios que narró ayer el periodista Nelson Matta en El Colombiano formarían un catálogo de propuestas temáticas para una serie novelesca o audiovisual de thrillers con intriga, suspenso y terror. No es improbable que ya esté algún escritor, guionista o realizador pensando en la elaboración de una obra que, por desgracia y por obvias razones, obtendría notables resultados y ganancias, como corresponde a las producciones que han ganado éxito en la televisión y el cine, a partir de las tragedias y perversidades de la nuestra y otras ciudades colombianas. La llamada pornografía sociomediática alcanzaría de nuevo un alto puntaje en audiencias motivadas por el morbo de las tramas y escenas representativas del inframundo urbano.

Que Medellín es una ciudad de contrastes, de luces y sombras, es una afirmación proverbial. Tenemos títulos honrosísimos como ciudad más innovadora, como nueva sede, única en Iberoamérica, de un centro para el estudio de la Cuarta Revolución Industrial. En forma simultánea, el número de homicidios continúa en ascenso, como lo muestran los datos de 33 días que van de este año. La delincuencia sigue incrementándose. Y la intolerancia figura en el segundo lugar entre las causas de muerte violenta, con datos y circunstancias muy preocupantes. Abundan los elogios por la amabilidad, la hospitalidad, el buen trato a los visitantes, como lo declaró Elbacé Restrepo en su columna de ayer. Esto reconforta. Aquí hay gente queridísima. Pero también gente peligrosísima, que no es de fiar.

La vida diaria está colmada de pequeños detalles, como el insulto (gono, hijue, malpa, piro, mari, etc.) por motivos pueriles, insignificantes. Son frecuentes los desafíos y amenazas a mano armada. Un gesto, un ademán, una mirada agresiva pueden causar la reacción desproporcionada de quien se sienta ultrajado. Mínimos conflictos familiares (qué tal el homicida que mató a su papá “porque era muy agresivo”) desencadenan reacciones pavorosas, desaforadas, como si una vida no valiera nada. Maldad, crueldad, odio amontonado, enajenación mental, estados patológicos, exceso de licor o de droga, estrés elevado al máximo, etc., factores determinantes. Parece que, en parte de los casos, entre víctimas y victimarios ha habido vínculos familiares o sentimentales: Problemas que habrían podido resolverse por las buenas, si hubiera habido una mediación sensata y oportuna. La degradación de la familia, el menosprecio hasta por los más próximos.

Gravísimo tema el que tienen gobernantes, educadores, maestros, padres de familia, para afrontar esta devastadora enfermedad social. Cuestión de primer orden para quienes aspiren a la Alcaldía y al Concejo. Asunto cinco millones de veces más importante y urgente que dotar la ciudad de hermosos senderos peatonales y ciclísticos o de obras de infraestructura descrestadoras.

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