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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 03 de noviembre de 2021

Carencia de horda y depresión colegial

Muchos niños perturbados, pocos psiquiatras infantiles. Médicos y clínicas están preocupados por el aumento de suicidios y depresión entre jóvenes e infantes. El encierro por pandemia en los últimos dos años los obligó a cortar de tajo el juego, el grito, la socialización que se daba en colegios y universidades.

Los psiquiatras para adultos no dan abasto improvisándose como expertos en mentes infantiles. Son muy pocos los que se gradúan cada año como especialistas en lo que sucede a bordo de un organismo que estrena planeta y pataleta. El país no previó esta ola espiritual, precisamente por estar aturdido y miedoso frente a las olas tangibles del virus.

Fueron los mayores quienes pusieron la alarma. Los niños, en cambio, no tienen vocería pública y en casa sus reclamos son tomados como necedad. Hoy, en consecuencia, muchos están muertos o tienen muerta el alma.

Quizá el perjuicio mayor deriva de no haber logrado construir el nosotros que sustenta al yo. La pandilla, que se forja entre contemporáneos, inventa el lenguaje, las costumbres, el paso de baile, el matoneo, que es la primera forma de la política en este país enemigo.

Sin la práctica diaria de la horda, los pequeños no se aferran a su personalidad ni al mundo en que procuran estabilizarse como seres independientes. Los compinches, de la misma estatura, son espejo y muro, desafío y complicidad, escuela fundamental, pues habla en el mismo idioma.

Entre niños hay líderes y solitarios, tramposos y nobles, festivos y opacos. A bordo del corrillo se ejercitan, en miniatura, los modales de una sociedad a la que ingresan entre titubeos. Papá, mamá y hermanos son todavía una sombra, una fotocopia con el mismo apellido. Tendrán que pasar años para calibrar, con la distancia, el papel entrañable que estos llegarán a ocupar.

Los amigos, en cambio, representan todas las mañas y luces presentes entre la gente. Por eso en medio de ellos se aprende un abecé que no figura en los textos y cuadernos. Ir a la escuela no es solo llevar el cerebro para ser cuadriculado. Es, ante todo, acudir a una colmena recién llegada a la vida, de la que se aprende lo que no enseñan los maestros.

Al ser privados de este alborotado entorno, los muchachos quedan al garete existencial. No es extraño, pues, que se depriman y no alcancen a configurar el sentido de vivir  

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