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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 06 de septiembre de 2015

COMPASIÓN

En el Evangelio de hoy Marcos (7, 31-37), Jesús se acerca a un pobre que es sordomudo, lo separa de los demás para crear una relación personal y mostrarle que es importante para Dios, le mete los dedos entre las orejas y con su saliva le toca la lengua. En un episodio de cercanía que se repite en el Nuevo Testamento.

Efectivamente, al empezar su misión en Cafarnaúm, Jesús dice que el Espíritu lo ha enviado a anunciar a los pobres la buena nueva (Lucas 4, 16). El evangelista Marcos lo muestra metido en las casas de los pobres, tan tenazmente cerca que no puede comer por estar con la gente. Les escucha, les toca, les abraza, les habla y les da esperanza. No deja que su cercanía compasiva sea impedida por las instituciones. Para él toda la institucionalidad social y religiosa tiene que ponerse al servicio del ser humano vulnerado y excluido y lo pone en práctica. Enfrenta con indignación a los que se disculpan de estar con el pueblo por cuidar la institución del sábado, Lucas 6, 1-11. Su cercanía no se amilana ante la agresión de los que lo llaman blasfemo por poner su dolor con el sufrimiento humano primero que a Dios. Este es también el mensaje de la parábola del Samaritano en Lucas 10, 25-37, que Jesús construye en el contexto de una discusión sobre el único mandamiento del amor. El que cumple el mandamiento es el que tiene compasión del desconocido que fue herido y abandonado en el camino. En esa compasión acontece la presencia de Dios. Y cuando el doctor de la ley quiere continuar el debate, Jesús lo corta. No hay nada que discutir: “Vaya y haga usted lo mismo”.

Jesús se conmueve por la vulnerabilidad, la incertidumbre, el hambre, la negación de la dignidad, el vacío fundamental de la persona humana, quiere sobre todo mostrar la cercanía de Dios con aquellos que no son mirados, no se les pregunta nada, ni siquiera se les dirige la palabra, no se los toma en cuenta, no existen para la mayoría, son positivamente borrados de los demás en la ciudad.

Esta compasión con el dolor y la vulnerabilidad genera en Jesús una identificación profunda con la persona en su fragilidad. Y sobre todo con los pobres que como dice hoy el apóstol Santiago “son los elegidos de Dios y herederos del Reino”. La compasión va a llevarlo a la solidaridad que pide la responsabilidad de una fe con obras, y va a llevarlo a la indignación profunda ante la injusticia, que un día expresará en la narración del juicio final donde el Señor dice tajantemente “apártense de mí para siempre, porque tuve hambre y no me dieron de comer, llegué desplazado a sus barrios cómodos y ustedes no me recibieron”. Con un mensaje de Dios tremendamente claro: esa mujer del andén, esos niños abandonados, ese preso que nunca visitaron, ese desmovilizado, era yo, idiotas.

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