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Anacristina Aristizábal Uribe
Columnista

Anacristina Aristizábal Uribe

Publicado el 04 de junio de 2019

Contra el fatalismo

¿Quién nos devolverá la confianza sobre nosotros como humanidad? ¿Podremos, alguna vez, volver a formar comunidad y solidaridad comunitaria? No es solo un tema que debemos resolver como individuos, sino que los próximos gobernantes locales deberían priorizar; y también debería ser el objetivo primordial del sistema educativo. He pensado en esto leyendo las palabras de Zigmunt Bauman y Leonidas Donskis, en un artículo que María José Quesada escribió para “Elmostrador”, de Chile.

Dicen ellos que vivimos en medio de una incertidumbre controlada por el mercado desregulado y la sociedad neoliberal, lo que provoca cansancio, determinismo y fatalidad. En ese ambiente de miedo y fatalismo, estamos convencidos de que no existen alternativas dentro de las lógicas de la política contemporánea, de la tiranía de la economía y de las relaciones entre la humanidad y la naturaleza. Ese es el problema: estamos convencidos de que no hay alternativas. Así es como se disfraza el mal.

Esta presunta ausencia de alternativas es la fatalidad de nuestro tiempo, y su mecanismo general es el desentendimiento de quienes nos gobiernan. Se ha creado un enorme dispositivo que visibiliza el abismo entre el poder y la política (yo diría que el abismo es entre la ciudadanía y la política) lo que genera una reacción de conformismo en todos los niveles sociales: “No hay nada que hacer, así es el sistema”.

Yo me pregunto, ¿realmente no hay nada qué hacer, “porque así es el sistema”? El sistema de gobierno está conformado por personas. El sistema educativo está educando a los futuros gobernantes. Todos son personas, libres, pensantes, con capacidad de acción. Lo que se necesita es que sean conscientes del entorno, del ambiente de miedo y fatalidad que corroe la sociedad y entiendan que son ellos quienes pueden trazar políticas y directrices que influyan en el cambio.

El problema es pensar que no hay alternativas. Claro que hay alternativa: las personas son la alternativa. El que dirige, el que tiene posición de autoridad, poder y mando es la alternativa, porque tiene capacidad de decidir. Y tiene que ser lo suficientemente hábil para tender sinergias con otros “sistemas” que hagan la vida más fácil al ciudadano. Los que gobiernan lo público y lo privado tienen que saber que están ahí para combatir el fatalismo y el miedo. No hacerlo es no entender su paso por el mundo.

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