Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 05 de enero de 2019

Conversación de añoviejo

Me cogió el día, la pasada nochevieja, echando palique con el padre Nicanor Ochoa, mi tío. Mariengracia, la sobrina, se había ido dizque de rumba donde unas amigas. Más que merecido descanso en esa misión que “me encomendó mi Dios, de cuidar al viejo cura”, como suele ella misma justificar sus desvelos por el tío.

De común acuerdo, el padre y yo pasamos el fin de año a palo seco. Y la falta de traguito nos puso demasiado serios. Casi sonó a confesión cuando le conté que me había ayudado mucho en mi vida de creyente una idea de Oscar Wilde. Decía el poeta irlandés, según leí en alguna parte, que estaba dispuesto a creer en lo que fuera con tal de que fuera increíble.

-Me gusta eso, muchacho. La fe como apertura a lo increíble. Tal vez eso sea la religión.

-No se meta en honduras, tío, que después el obispo le jala las orejas.

-No te preocupes, hijo, que a estas alturas, yo ya no tengo orejas. Ni tampoco obispo, a Dios gracias.

-Pues, yo, padre Nicanor, le confieso que vivo lleno de dudas de fe, pero no dejo de creer.

-Pues yo también; yo tampoco, como dizque dijo alguna vez Belisario Betancur, que en paz descanse, cuando un gobernador de Antioquia le dijo que estaba jarto en el gobierno pero que no renunciaba. Agradece, muchacho, al destino o a la simple condición humana, el que estés lleno de dudas. El derecho de dudar es uno de los pocos derechos humanos que todavía nos quedan.

-¿Y me lo dice usted, que se supone es un hombre de fe?

-Precisamente por eso, hijo mío. Unamuno, que vivió esta angustia, decía: “La vida es duda, y la fe sin duda es muerte”. El creyente, según mi experiencia, está amasado (y amansado) por la duda. También el increyente. Son casi iguales las dudas que torturan al ateo y las que conmueven los cimientos del hombre de fe.

-Pues le creo, tío.

-Nos salva la esperanza, no como ensoñación de un futuro inescrutable, sino como apertura a nuestra misma fragilidad, iluminada (que no explicada) por una fe; y nos salva el amor, como apertura a los demás en una sincera lucha por la fraternidad, por la comprensión, por la igualdad. Eso, en cristiano, es ser y sentirnos hijos de Dios. Y te doy un consejo. Asume la duda como una terapia contra la fanatización. Dudar es resistirse a las verdades absolutas, a las doctrinas dogmáticas, a los líderes totalitarios. El pluralismo, en el fondo, no es solo respetar la verdad del otro, sino sobre todo aceptar las dudas del otro frente a mi verdad. Que Dios te bendiga.

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