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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 26 de abril de 2019

Cuando los condenados por genocidio regresan

Por HOLLIE NYSETH BREHM Y LAURA C. FRIZZELL

¿Qué sucede cuando cientos de miles de personas que cometieron genocidio salen de la cárcel y regresan a las comunidades donde cometieron violencia? Esto podrá sonar como la trama de una novela distópica, pero en Ruanda, es una realidad.

Hace 25 años este mes, Ruanda se desmoronó a medida que la violencia se esparció por el país. Aunque líderes políticos orquestaron el genocidio, varios miles de civiles hutus participaron asesinando o violando miembros de la minoría tutsi. Después de que terminó el genocidio, el nuevo gobierno ruandés creó un sistema judicial para responsabilizar a esos civiles.

En los últimos años, decenas de miles de genocidas condenados han estado completando sus sentencias y regresando a sus comunidades, convirtiéndose de nuevo en vecinos de las familias a las que hicieron daño.

En el 2017, viajamos a Ruanda para ver cómo estas personas y sus comunidades estaban manejando esta tensa situación. Desde entonces, hemos estado siguiendo a casi 200 ciudadanos desde sus últimos días en la cárcel hasta sus vidas de regreso en sus comunidades.

Lo que aprendimos sobre sus experiencias nos sorprendió y nos enseñó sobre la capacidad humana para el perdón y la reconciliación.

Cuando conocimos a Protais, uno de los genocidas que entrevistamos, él estaba cumpliendo su sentencia y preparándose para regresar a casa y reunirse con su esposa. Esperaba ser recibido con hostilidad a su regreso, diciéndonos que suponía que los miembros de la comunidad lo odiaban. En cambio, encontró “una situación increíble más allá de cualquier comparación”. Los vecinos vinieron de “cerca y de lejos” para darle la bienvenida.

La experiencia de Protais no fue única. Otro hombre, Straton, cumplió una sentencia de casi 21 años en la cárcel por asesinar a tres personas. Cuando fue liberado, apenas podía reconocer lo que lo rodeaba debido al extenso crecimiento económico de Ruanda. Las carreteras habían sido pavimentadas y había nuevos edificios, tuvo que pedir ayuda a desconocidos para encontrar su casa. Allá, encontró a su esposa e hijos, y después de una reunión jubilosa, los días que siguieron estuvieron llenos de sorpresas agradables. “Hay personas que nunca creí que me saludarían, y lo hicieron... vecinos venían con Fanta. Algunos amigos venían y me daban pequeñas sumas de dinero”.

Fidele, quien asesinó a una persona de su pueblo, pudo avisarle a su esposa y sus hijos cuando completó su sentencia de 22 años. Lo recibieron en la estación de bus y lo guiaron a casa donde su esposa lo volvió a presentar a los vecinos que pasaron en el camino. “Al día siguiente, algunos de esos vecinos vinieron a mi casa”.

Unos días después, Fidele incluso visitó al hermano de la persona que asesinó. Aunque estaba nervioso, fueron a un bar juntos y hablaron . En sus palabras, “compartimos una copa”.

Inicialmente nos dio dificultad creer estas historias. Pero encontramos que eran increíblemente comunes, y con frecuencia fuimos testigos de cálidos saludos con nuestros propios ojos. Vecinos, incluso sobrevivientes y sus familias, visitan a los expresos y traen fríjoles, bananos, Fanta y otros pequeños regalos para darles la bienvenida de regreso a sus comunidades.

¿Qué podría explicar una bienvenida tan improbable y amistosa? Gran parte de la respuesta se encuentra en donde muchos ruandeses culpan al genocidio. Fuentes como los currículos de las escuelas públicas y homenajes administrados por el gobierno muestran una imagen compleja de la violencia enraizada en el gobierno colonial belga que exacerbó las divisiones entre los hutu y los tutsi. Estas fuentes también resaltan los “malos gobiernos” que discriminaron contra los tutsi y fomentaron la violencia durante el genocidio. Al culpar al colonialismo histórico y a los gobiernos, esta narrativa dominante elimina parte de la responsabilidad de los individuos que perpetraron la violencia en el terreno, especialmente los agricultores sin educación que afirman que actuaron por temor o que estaban obedeciendo órdenes.

Esto no significa que aquellos que regresan no son culpables de sus acciones ni que las profundas heridas del país están sanadas. Muchos sobrevivientes tienen recuerdos dolorosos y trauma que manejan a diario. Expresos también enfrentan problemas. Muchos no tienen comida suficiente ni dónde vivir, y las esposas o hijos de algunos los han rechazado por lo que hicieron.

Hay lecciones aquí para otras naciones también, incluyendo a Estados Unidos, que tienen la tasa de encarcelamiento más alta de cualquier país industrializado en el mundo y, a pesar de avances recientes, sigue existiendo parte del estigma asociado con una condena.

Los sobrevivientes de los crímenes no deberían tener que ser los que tratan de entender por qué alguien cometió un acto violento.

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