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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 27 de febrero de 2019

Cuando picotean los perdigones

Los hechos del fin de semana en la frontera norte estuvieron teñidos de irrealidad. Era difícil dar crédito a lo que se estaba viendo en vivo y en directo. Fue una pequeña guerra en la que todo pudo ocurrir. Cada minuto se habría caído el cielo.

Quienes dirigieron las acciones no pasan de principiantes, mandatarios muchachos que apenas rondan los 40 años. Sus organismos ignoran lo que da la guerra. El del lado de allá llega trotando, en zapatos tenis, con sonrisa de dueño del puente donde se enardecen sus huestes ávidas de acción. El de este lado, en atuendo forrado, habla discursos proféticos con sentencias contundentes que se disuelven bajo la candela solar.

Al comienzo algunas mujeres procuran convencer a los robocops de allá sobre la conveniencia de cambiarse de bando. Detrás de los escudos traslúcidos solo hay estatuas, sordas a la seducción materna. Alguien suelta la divisa de avanzar en masa para romper la barrera verde.

Ahí van, gentes en camiseta, cuyo casco es una derretida cachucha colorida. Cuya arma es una banderita con estrellas, ondeando desde una vara perecedera. Pocas veces es más cierta la figura de la carne de cañón. Estas pieles, que no soportarían un pellizco, se ofrecen cándidas al metal que muerde y mata.

¿Quién planeó esta guerra de juguete, con peones de mantequilla? El video de la trasmisión tiembla, la cámara está borracha, la voz en off tose. La muchedumbre es estampida, perseguida por la nube blanca de los gases. Los hombres se quitan la camiseta blanca y se la enrollan en la cara para no llorar. Los viejos se desmayan, las señoras claman por sus hijos extraviados.

Cuando picotean los perdigones, muchos se tumban al lecho del río para apertrecharse de piedras, pues agua no hay. ¿Esta paupérrima munición conseguirá abrir paso por entre cuerpos y máquinas armados para guerras de verdad? O tal vez estamos ante una obra de teatro al final de la cual los actores se limpian la ropa y no ha pasado nada.

Las fotos del amanecer siguiente muestran el saldo sobre el pavimento: sandalias, tenis impares, crocs, muchos crocs, banderitas arrastradas. Alguien trae a cuento una frase de Krishnamurti: “La guerra es una proyección espectacular y sangrienta de nuestro diario vivir. Precipitamos la guerra con nuestro diario vivir”.

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