David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 21 de enero de 2019

Cuidar la soledad del otro

Querido Gabriel,

“Toda buena relación consiste en el fortalecimiento de dos soledades vecinas, porque si una persona abandona su identidad, deja de ser, y si ambas hacen lo mismo para poder estar juntas, el suelo bajo sus pies desaparece y comienza la caída...”, escribió Rilke y leí en Brainpickings.org, escrito por Maria Popova, quien comparte allí sus reflexiones sobre poesía, humanismo y literatura. ¿No crees que las relaciones humanas son nuestro más grande desafío? Me gustaría proponerte que hablemos sobre las de pareja, fuente privilegiada de dicha y realización, pero, potencialmente, sin la consciencia y autonomía suficientes, un espacio de desequilibrio y dolor.

Cuando amamos, estamos en medio de una paradoja. Muchas veces queremos al otro “para nosotros”, queremos redondear la naranja, completar el alma separada, lo cual sugiere una especie de fusión pronta y permanente. Al mismo tiempo, naturalmente, buscamos nuestra independencia, la posibilidad de ser la persona que podemos y queremos ser. Es fácil sucumbir, en medio de la intoxicación del comienzo, a la primera de estas pulsiones, la unión, para más adelante culparnos mutuamente porque no fue posible permitirnos la realización de la segunda, la libertad. El sufrimiento nace de ser incapaces de abrazar esta hermosa paradoja.

¿No crees que nuestra sociedad sería más feliz, menos machista e incluso menos violenta si nuestras relaciones de pareja no negaran la individualidad de una o ambas personas que la conforman? “El verdadero amor”, escribió Heidegger a Hannah Arendt, “es la experiencia humana más rica de todas, y una dulce carga para quienes están atrapados en su abrazo, precisamente porque nos convertimos en aquello que amamos, y, al mismo tiempo, seguimos siendo nosotros mismos”.

Es posible entonces que miles de corazones rotos y las peores violencias domésticas surjan de hombres (estamos más atrasados en esto) a los que no les enseñaron a tener, como dice Popova, “esa fuerza sobrehumana y la capacidad de trascendencia necesarias para darle espacio al otro cuando lo único que uno quiere es cercanía”. Nos gusta abrazar hasta asfixiar. Sin embargo, amar no es necesariamente combinar las existencias. A veces puede vigorizarnos un viaje solitario, una tarde de museo, una noche de silencio. Necesitamos las ausencias para poder gozar de los encuentros.

Por otro lado, ¿no será que solo se puede enriquecer la vida del otro luego de enriquecer la nuestra? ¿Acaso las mejores parejas no son aquellas que tejen un nuevo mundo que surge de la danza de dos seres que mantienen su individualidad y esencia? Quizá el secreto esté, como escribió Rilke, en que “la tarea más importante para sostener el vínculo entre dos personas sea que cada uno se convierta en el guardián de la soledad del otro”. Ese podría ser el pacto que nos salve una y otra vez y haga de la relación de pareja una sociedad entre iguales.

Acá te dejo este fragmento de El Profeta para que sirva de abrebocas en una tertulia sobre ese difícil arte de dar espacio en el amor:

“Dad vuestro corazón, mas no para ser conservado por ningún otro. / Porque sólo la mano de la Vida es digna de conservar vuestros corazones. / Y estad juntos, mas no demasiado cerca; / Porque las columnas del templo se levantan separadas. / Y la encina y el ciprés no crecen el uno a la sombra del otro” .

*Director de Comfama.

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