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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 07 de abril de 2020

De aquí en adelante...

El grado de incertidumbre que vivimos no tiene precedentes. Las preguntas sobrepasan las respuestas y creerse un gurú sería un acto de irresponsabilidad porque el futuro hoy se presenta como la ilusión más grande que puede existir.

Mientras abogamos por una salida científica al covid-19, el encerramiento no deja de ser más que un paradigma para ganar tiempo y proteger la vida. Pero este tiempo suscita reflexiones, como un aliciente para medirle el aceite a la especie humana y buscar cambios profundos que la lleven a dejar a un lado los absolutismos, los prejuicios, la simplificación de las cosas y la intolerancia que la rigen.

En menos de tres meses una enfermedad revolcó por completo a la humanidad. Eso obliga, sin pensarlo mucho, a cambiar la relación entre los seres humanos obligando a moderar el ego. Quienes se aferran al ego ponen en riesgo muchas vidas y se olvidan de que covid-19 revaluó por completo el significado de poder, porque está en riesgo desde el que más y que menos tiene.

Hombre, la forma cómo opera la sociedad debe llevarnos a pensar mucho. Hay que ver lo verdaderamente necesario y alejar lo superfluo y valorar que en medio de esta situación hemos descubierto de nuevo el valor de quienes con su hacer se conectan con la vida de los otros. Ahora comprendemos mejor quiénes son necesarios en la sociedad. Eso nos tiene que llevar a pensar en el tipo de personas y profesiones que necesitamos. Tendremos que debatir mucho sobre cómo defender un mundo conectado, interdependiente, donde los flujos migratorios han sido una constante. ¿Nos encerramos y controlamos? ¿Damos paso a acciones de autoritarismo subrepticio en pro de protegernos? ¿Dónde dejamos aquello por lo que tanto se ha luchado desde la democracia?

El virus ha mostrado también una dicotomía entre vida y economía. Al frenar el aparato económico en pro de la vida, aparecieron un montón de angustias. Las empresas solo tienen para vivir si mucho dos o tres meses, las personas temen por sus empleos, la gente que vive del día a día está en la mayor encrucijada y el hambre sopla la nuca de millones. Todo esto ha puesto de manifiesto la realidad de quienes sobreviven heroicamente en la miseria y la de aquellos que con esfuerzo han conseguido mínimos como un techo y hoy lo ven en riesgo. ¿Cómo corregir estas situaciones? Pregunta abierta.

Este momento que nos permite tomar conciencia no puede ser temporal. Tenemos la obligación de tener paciencia y buscar el equilibrio: ir y venir, recoger y soltar... a ver si resolvemos el misterio. Quisiera aferrarme, entonces, a lo que decía Ernesto Sábato en sus Memorias Antes del Fin: “Vivimos un momento en el que el porvenir parece dilapidado. Pero si el peligro se ha vuelto el destino común, debemos responder ante quienes reclaman nuestro cuidado”.

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