El baile, bailar, es una incontenible y feliz afición de la mitad más uno de los colombianos. Se baila en Cartagena, en Bogotá, en Cali, en Pasto y en Valledupar. También me ha tocado “tirar paso, azotar baldosa” en fiestas encendidas en Murindó, Arauca, Florencia y Andes. En las grandes ciudades y en los municipios periféricos. Entre el pueblo culto y el llano. En guateques de salseros de barrio y en reuniones campesinas de serranía.
Aquí bailar, y sobre todo en diciembre, es como freír empanadas en los bazares de iglesia en mitad de año y Navidad. Y la música colombiana, con los colombianos recochando a bordo de sus notas, es una fiesta del alma que no se desprecia y que contagia.
Recuerdo que durante una beca de estudio en Israel, apadrinada...