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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 22 de mayo de 2019

Desconectados

“Tomó nueve años, una gran depresión, y dos guerras para romper mi fe en el poder benigno de la prensa [...] me di cuenta de que la gente tragaría más fácilmente las mentiras que la verdad, como si el sabor de las mentiras fuera hogareño”. Estas palabras de la corresponsal de guerra Martha Gellhorn (1908-1998) ilustran la decepción que muchos –periodistas, lectores– sentimos frente a la manipulación de las audiencias.

Gellhorn, calificada como “activista” por su renuncia a la objetividad aséptica, con los años reconocería el cambio en el carácter de los conflictos: “Lo que era nuevo y profético en la guerra de España era la vida de los civiles, que se quedaron en casa y a los que les trajeron la guerra”. Dice, con razón, Jon Lee Anderson: “Si yo hubiera estado cubriendo España en los treinta, yo también hubiera tomado partido. Crecí en una época más complicada...”. *

Cuando la congresista María Fernanda Cabal publica el primer plano de la cara de Nicholas Casey, arriesga la integridad física del r eportero de The New York Times. Cuando sin pruebas lo acusa de “#Fakenews”, pone en tela de juicio el único capital que tenemos los periodistas: la credibilidad. La actitud de Cabal es predecible por sistemática: es tal la gravedad de los hechos que Patrick Leahy, senador demócrata, solicitó al gobierno Duque exigirle a la congresista el soporte que la llevó a insinuar que el diario recibió pagos por su artículo sobre ejecuciones extrajudiciales.

Los líderes antidemocráticos detestan el periodismo libre. Sin periodismo libre las democracias son impensables.

En Venezuela, por ejemplo, los periodistas franceses Baptiste des Monstiers y Pierre Caillé fueron arrestados; los chilenos Rodrigo Pérez y Gonzalo Barahona, deportados; los colombianos Maureen Barriga y Leonardo Muñoz, y el español Gonzalo Domínguez, padecieron lo suyo. A Jorge Ramos le retuvieron material. Casey tuvo que irse.

Este fin de semana, siete periodistas fueron agredidos en Colombia por ejercer su oficio: Tatiana Gordillo, Daniela Pachón, Felipe Quintero, Laura Ardila, María Jimena Duzán, Nicholas Casey y Federico Ríos. Los dos últimos debieron abandonar el país por ataques provenientes de representantes del poder elegido en las urnas: Cabal y Álvaro Uribe (hubo más intimidaciones, cito las de más eco en la opinión pública).

Tan preocupante como el talante censurador de la congresista, es su señalamiento a un reportero por estar “en gira con las Farc en la selva”, lo cual no solo revela su desconocimiento del oficio del periodismo, sino su desprecio por la forma básica de conocer el mundo: ir, observar, preguntar, oír. Sentir.

“La parte más interesante para mí no es cómo muere la gente en las guerras, sino cómo vive”, diría Kim Barker, exjefe del Chicago Tribune, redacción Asia.

Ni la conexión con los territorios ni con aquellos ciudadanos a quienes les “traen la guerra a casa” –y que suele visibilizar el periodismo responsable– pasarán por el tal “pacto nacional”: encerrona de burócratas, corbatas y tacones, que no saben qué es un cadillo en el dril.

Aquellos que fueron elegidos para ejercer como agentes de cambio, ofician como tomadores de decisiones completamente desconectados de los territorios, de quienes permanecen de pie a pesar del conflicto armado.

Solo les sirve un país en llamas con un periodismo dispuesto a atizar... ¡Y no!.

*Textos de Susie Linfield (Universidad de Nueva York).

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