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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 16 de mayo de 2019

Deshaciendo pasos: Manrique

Cualquier domingo, estos pies me llevaron hasta la imponente iglesia del Señor de las Misericordias, en Manrique, el vaticano del tango donde todos los días es 24 de junio, día que murió Gardel.

El barrio lleva el nombre del médico que le dibujó al poeta Silva el sitio donde suele hospedarse el corazón. Allí se disparó uno de sus nocturnos.

A Manrique llegamos en los años cincuenta cuando nos echaron del terruño.

Antes de la Misa de once, para estar a tono con el tango aquel, que no falte el aperitivo teológico con el nombre de empanadas que tiene más carne un policía acostado. “Pero hacen volver”, dicen quienes las preparan.

En la homilía con aire de tango, el elocuente padre Milton invitó a dejarnos guasapear de Dios en vez de perder el tiempo mirando el celular. También sugirió apreciar las virtudes, no los defectos del prójimo.

De niños, salíamos a la calle 45 a ver pasar un asombro llamado tranvía y a mirar la iglesia. Medellín nos entró por Manrique, donde vivía la tía Aura. En su casa me asilé cuando salí apto para el ejército. Este moreno, pichón de Gandhi, se graduó de apóstol de la no violencia desde niño. No le dispararía ni al viento.

Nunca me buscaron. ¡Qué mal general se ahorró la patria! Soy general de un sol, el que alumbra para todos.

En las cantinas de la 45 escuchaba melodías en compañía del Negro Humberto Villegas, mi primo. Muertos del susto, poníamos mirada de malandros para espantar malevos, fumábamos y escupíamos en el suelo cual varones. Practicábamos el ver y no tocar a las voluptuosas meseras que nos miraban con curiosidad de paleontólogas. Viéndonos chorrear la baba por ellas, parecían decirnos: queridos giles, de estas aguas no beberán.

Ese domingo nada triste no anclé en París, como Gardel, sino en el bar Alaska, de Gustavo Rojas. Sonaba el tango Café Domínguez. Antes había inclinado el pescuezo ante la estatua del Zorzal cerca de la Casa Gardeliana, una de las creaciones de don Leo Nieto. Repetí la letra del tango “Volver” dibujado a espaldas del Zorzal.

Pensé que habían cerrado el octogenario Alaska. No, lo subieron al segundo piso, sin ascensor. El che Gustavo se salió con la suya para deleite de los devotos de “esa ráfaga, el tango”.

En una pared se lee un verso de Santos Discépolo: “Sobre tus mesas que nunca preguntan, lloré una tarde el primer desengaño”.

Había desaparecido la leyenda que le exige al visitante ser breve si va a hablar pestes del Poderoso DIM.

Rojas me despidió con los tangos Oiga, Rubia, y Papirusa. Bohemio de café despaché dos tintos y los que regresan al anonimato. Me alejé cantando: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos...”, lo que más me gustó de Medellín cuando la conocí

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