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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 22 de julio de 2019

Desinflados

“Tengo la sensación que eso que llaman fútbol es otra cosa”, dijo hace algunos años César Luis Menotti, el famoso técnico argentino. Afirmaciones parecidas se han escuchado en estos días. Jorge Valdano —futbolista, técnico, gerente—, por ejemplo, lanzó la sugerencia de que hay “una sensación de hastío en los hinchas más civilizados”. El escritor español Enrique Vila-Matas habló de “desafecto”. Menotti se refería al juego, Valdano a la dirección corporativa de la Fifa y sus afiliados, Vila-Matas a la gestión en su amado Barcelona. Tres aspectos distintos pero inseparables del más global de los deportes. Se puede hacer un manifiesto con esas opiniones.

El fútbol es otra cosa como práctica, claro está, y es comprensible. Lo que pasa es que dejó de ser solo un deporte. Está a punto de convertirse en un ramo de la farándula. Cuando el depilado de las cejas de James Rodríguez aparece en la misma página del triunfo colombiano en Wimbledon, el desajuste es evidente. El fútbol es otra cosa en el nivel asociativo porque patrocinadores y televisión están saturando los calendarios, exprimiendo a los jugadores y desorientando a los aficionados. El fútbol es otra cosa porque la proporción entre juego y negocio se ha cargado descaradamente al segundo factor. Y el negocio en América Latina y otros lugares está marcado por prácticas mafiosas y corruptas que dejan muy pocos ganadores económicos.

Además, aún dentro de estos límites estrechos, existe mucha desigualdad. Geográfica, factor en el que Europa es ganadora. Suramérica pasa por su peor momento futbolístico de la historia, puesto que nunca antes pasó tanto tiempo sin triunfos mundiales en selecciones o en clubes. El fútbol de mujeres ocupa un escalón muy bajo pese a que, como se vio en el campeonato mundial de Francia, es tan entretenido como el que juegan los hombres. Entre los clubes de los países, porque el fútbol carece de reglas que ayudan a promover la competencia y evitar las hegemonías, como las que existen en el básquetbol de la NBA, por ejemplo.

Con amargura, Menotti asegura que “el fútbol se lo robaron a la gente”. No hablaba del sistema de pago por ver que tratan de imponer en Colombia la Dimayor y unos operadores de televisión, aunque también eso es un robo. Lo es porque el fútbol colombiano se juega en escenarios públicos y gracias, en buena medida, a recursos públicos (de licoreras, alcaldías y gobernaciones, por ejemplo). Hablaba de la pertenencia. No hay afiliación con jugadores o símbolos. Cada semestre los jugadores cambian de equipo y los equipos cambian de camiseta. Incluso hay equipos que cada dos años cambian de nombre y de sede. A eso hemos llegado.

Y eso que el fútbol no nos da un décimo de lo que nos dan el ciclismo, el boxeo, el atletismo y, ahora, el tenis.

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