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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 29 de diciembre de 2018

Destino y penultimidad

Penúltimo es, según el diccionario, el o lo que está inmediatamente antes del último, de lo último. Pero aunque existe la palabra ultimidad, que es sinónimo entre otras cosas de las postrimerías, la penultimidad, que suena bien y está cargada de sentimientos y significaciones, no existe.

Pues, amigo lector, permítame que con motivo del fin de año, eche mano de este vocablo por el perturbador encanto que conlleva el servir de puerta a lo último, a lo postrero, al final. Hoy, 29 de diciembre, en que esta columna aparece, es un día que reviste el desasosegante atractivo de la penultimidad. El año está para acabarse. En el fondo, todos los años son penúltimos.

En esta vivencia de la penultimidad, que es como caminar por sobre cristales rotos, se descubre, cuando ya no hay retorno, que la vocación (¿la vida?) es la fidelidad a un sueño hecho trizas. Y llegar a este descubrimiento no es, como pudiera parecerlo, una concesión que se hace al pesimismo. Por el contrario, es un humilde paso, difícil de dar, hacia la serenidad, hacia el heroísmo silencioso de la cotidianidad.

Entiéndase. No hablo de resignación, ni siquiera de la que llamamos resignación cristiana, que puede no ser tan valiosa como se predica y degenerar en una virtud malsana. La penultimidad es asumir y aceptar las limitaciones, las fragilidades y las fugacidades de la vida, aunque sea con la mustia alegría que implica aceptar la condición humana sin seguir pidiéndole peras al olmo.

Todos, qué pena recordárselo, amable lector, en medio de estas fiestas de fin de año... todos, digo (quién más, quién menos), llegamos a la tarde de la vida convertidos en muñones existenciales. Es una amarga experiencia de fracaso, de frustración, de utopía deshecha y desechada cuando ya todo parece irreversible. Viene entonces la decepción, la rebeldía o la autocompasión. Para muchos la agonía no es el fin material de la vida, sino el asfixiarse en la sensación dolorosa de llegar al final “con las manos vacías”.

La expresión es de Teresa de Lisieux. Lo dijo la carmelita francesa al morir a los 24 años, carcomida por la tisis. Sentía que llegaba ante Dios con las manos vacías. “Avec les mains vides”, según las palabras de su balbuciente francés de agonizante. Ese era, para ella, el triunfo final de la esperanza, que, sea dicho de paso, es la virtud de la penultimidad.

Es también, para decirlo al final, una forma de valentía seguir siendo fieles a un destino, a una vocación, a un puesto y una misión en las historia, aun aceptando que no era eso lo que soñábamos. ¡Feliz año nuevo!.

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