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Publicado el 26 de julio de 2021

Di Caprio no va a enamorarse este verano

Por Nuria Labari

Leonardo DiCaprio es como una placa de cocina tibia que nunca acaba de hacer hervir el agua. Eso afirma la ensayista gráfica Liv Stömsquist en No siento nada (Reservoir Books), el libro donde analiza por qué enamorarse resulta cada día más difícil y extraordinario. Como al pobre Leo, que lo intenta de manera infatigable, mientras la llama del amor nunca prende en su corazón. Por eso en los últimos años ha roto con Bar Rafaeli, con la actriz Blake Lively; con las modelos de Victoria’s Secret Erin Heatherton y Toni Garrn y con las modelos de trajes de baño Kelly Rohrbach, Elsa Kawalec y Nina Agdal. Pobre Leo. Nunca conocerá el amor. Y según parece no es el único.

Recientemente dos escritoras han publicado libro bajo el mismo título y tesis: El fin del amor. La primera, la socióloga Eva Illouz, de 59 años, presenta un análisis sociológico de las relaciones negativas. La segunda, Tamara Tenembaum, de 32, añade el siguiente subtítulo a su ensayo: “Amar y follar en el siglo XXI”. Y casi al mismo tiempo, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, nueva estrella de la filosofía alemana, asegura que Eros está agonizando debido al capitalismo tardío. Yo creo que estos tres autores estarían de acuerdo en al menos una cosa: que Leo DiCaprio va a seguir ligando con modelos veinteañeras de la revista Sports Illustradted con la misma resignación que Sísifo el resto de su vida.

Porque si el siglo XX se pasó dando vueltas a la idea de que el amor no es eterno y que hasta el verdadero se llega a terminar, el drama del siglo XXI es sentir que el enamoramiento ni siquiera puede empezar. La guerra de los Rose ya pasó y ahora Michael Douglas y Kathleen Turner son una saludable pareja de sexagenarios divorciados en la serie El método Kominsky. La película de DiCaprio en cambio será otra. Para él, como para tantos sujetos del nuevo siglo, el amor ni empieza, ni duele ni termina, porque ya no existe. Pero ¿es posible que se nos haya roto el sentimiento sin ni siquiera usarlo?

Según parece, las razones de la muerte de Eros son diversas, pero todas las teorías apuntan al ensimismamiento y a la proliferación de individuos cada día más narcisos y centrados en sí mismos como el principio del fin. No en vano, el retrato amoroso más veces reproducido se llama selfie y el reproche que más repiten los amantes en las series de Netflix es “que ya no me miras como antes”. Pero entonces ¿adónde están mirando los enamorados? La respuesta es siempre y en todos los casos hacia sí mismos. ¿Es que el amor se ha convertido en otra tecnología para ser mirados? La respuesta es sí. Salvo porque el sentimiento resultante recibe el nombre de melancolía.

De todas formas, Cupido se abrirá paso como siempre ha hecho, dirán algunos. Pues sí y no. Eros lanza sus flechas, pero cuando nos alcanzan, siempre duelen. Porque el amor nos proporciona sentido y eternidad, pero doler, duele. Por eso es un estado irracional y desbordante, lo que no ayuda, dado que estos dos sentimientos están prohibidos para nuestras mentes ordenadas y nuestros corazones salvaguardados tras vitrinas antirrobo, no sea que nos lo ocupen como si fuera una segunda residencia. Los corazones ya no se rompen ni se ocupan, pues los llevamos protegidos tras una pantalla... de smartphone.

Para colmo, la pandemia ha empeorado las cosas. Porque si algo nos ayuda a enamorarnos a pesar de nosotros mismos o nuestra cultura es el cuerpo. Y no me refiero al cuerpo clónico y hegemónico de todas las modelos físicamente semejantes con las que ha estado saliendo DiCaprio, sino al cuerpo enfrentado a un lugar social, al cuerpo del encuentro con los otros, al cuerpo que llora y suda y nos obliga a tocarnos, a olernos, a reconocernos y a relacionarnos con el amor. Lo que borra el cuerpo, mata el amor. Y el cuerpo, lo sabemos, se nos ha apagado de una u otra forma durante más de un año. Algunos incluso se han quedado atrapados en la ventana de Zoom después de que apretáramos el botón de “cerrar sesión”.

Pero una cosa es cierta: vivimos el primer verano tras el fin del mundo. Hemos llegado hasta aquí y sabemos de sobra lo que hay que hacer: apagar el móvil y prestar atención apasionada a un solo objeto. Puede ser esa mujer que vemos pedalear por la misma acera cada mañana, el socorrista de la piscina del hotel, incluso, en los casos más intrépidos, la pareja con la que llevamos años compartiendo penas y afectos. Goethe creía que uno puede incluso enamorarse de un árbol si lo frecuenta el tiempo suficiente. Es hora pues de tomar vacaciones de nosotros mismos porque es la hora del amor. Y Di Caprio que se aguante o se lo gane

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