Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 23 de enero de 2019

El cerebro y la extenuada realidad

Todavía no se sabe quién mandó matar a Jorge Eliécer Gaitán. Tampoco a Álvaro Gómez ni a Luis Carlos Galán ni a la UP ni a los líderes sociales. Van por lo menos setenta años de cortinas de humo, relatos mordisqueados, encubrimiento de los verdaderos culpables.

Se mueren de viejos estos cerebros del crimen y solamente son linchados los autores materiales. En otros países caen presidentes, se condena a años de cárcel a expresidentes, la justicia pone su mano de hierro sobre los criminales de cuello blanco. Aquí no, aquí a la gente no le queda más remedio que confiar en los tribunales del más allá. Pero la vida queda más acá.

La más perjudicada en esta cadena de impunidad no es la justicia. Es la verdad. Nadie tiene a quién creerle. Todos saben que nunca se aclararán las versiones, máxime cuando las redes sociales son ágiles en desmentir la explicación oficial, en alimentar sospechas sobre el mocho cuya única mano se salvó de la pulverización explosiva.

Este país carece de criterios para acercarse a lo que pasó y cómo pasó. Lo más grave es que el inconsciente colectivo sabe de antemano que todos los que procuran dar explicaciones intentan vender algo y por tanto están interesados más en su mercancía que en la certidumbre. Si no hay verdad, no hay visiones comunes. Si no hay visiones comunes, no hay propósitos de todos y por tanto la sociedad se dispara en múltiples direcciones. Por lo menos en dos. Y los de cada trinchera odian a muerte a sus semejantes que opinan distinto.

Cada explosión mortífera, cada robo millonario en contratos, cada casa por cárcel para millonarios recién enriquecidos, reafirman de antemano la imposibilidad de conocer la simple manera como ocurrieron los hechos. Hay abogados para ambas partes, y testigos que han visto lo invisible. Hay políticos que hoy dicen sí para mañana cambiar por no.

De esta manera se van borrando las briznas de confianza que tal vez sobrevivan entre los jóvenes. Pronto les caerá una venda sobre los ojos, igual que les pasó a padres y abuelos. La nación será una comitiva de ciegos. O de tuertos, cada uno de los cuales cree ver por los dos ojos. No hay en quién creer. Tampoco se puede creer en uno mismo, pues nadie tiene datos ni guías ni pruebas para confeccionarse una verdad portátil, una conformidad entre el cerebro y la extenuada realidad.

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