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Manuela Zárate
Columnista

Manuela Zárate

Publicado el 28 de enero de 2019

El Imperio de la Mentira

Cuando terminó la guerra de 1914, conocida como la Primera Guerra Mundial habían caído los cuatro imperios más grandes del mundo: El imperio Alemán, el imperio Austro-Húngaro, el imperio Otomano y el imperio Ruso. Europa no volvería ser la misma y con ese derrumbe vino también la tormenta que no sólo trajo la Segunda Guerra, sino que más allá trajo un fenómeno que no hemos sabido, ni podido combatir, mucho menos entender: el totalitarismo.

Totalitarismo y populismo, son términos a veces usados a la ligera. El populismo se confunde muchas veces con la demagogia, con el discurso de promesas y exaltación del que ya se perfila como el que ha venido ha ser un tirano no reconocido por nadie: el Pueblo. Esa masa informe, etérea en nombre de quien se alzan banderas, pero también se conducen las peores atrocidades, lavándolas frente a la opinión del mundo porque su sola mención es sagrada. Si es la voz del pueblo, entonces no hay argumento que valga, no hay discusión posible, y esa manera de mandar a callar a quienes tienen algo que decir sobre los regímenes que abusan del concepto de pueblo para oprimir al individuo le ha costado la vida a cientos de millones de personas desde que surgió la Unión Soviética y más tarde el telón de acero que cubrió Europa del este.

Nos lleva esto a otros conceptos manipulados a sus anchas: socialismo y comunismo. Se supone que estas son las ideologías que defienden a los pobres. Se supone que surgieron en una Rusia que cayó porque sus zares autocráticos mataban de hambre a su pueblo mientras se echaban encima sus riquezas. Se supone, siempre ha sido el gran supuesto de cómo empezó el comunismo, de investigar a cómo fue y por qué casi nadie da el paso. Que fue un golpe de estado, una guerra civil, una hambruna y una dictadura represora como pocas, eso casi nadie lo quiere ver. A la hora del baño de realidad son pocos los que quieran asistir. Prefieren el supuesto y la utopía que la revolución salvó, limpió, ordenó, liberó, un sistema en el que hombre oprimía al hombre. Que lo libró no sólo de sus penurias materiales sino de unas más profundas, la tortura que supone ese concepto que ha desatado todos los conflictos desde que el hombre camina la Tierra: la propiedad.

Así vemos que en países no sólo del primer mundo, sino de América Latina, mucha gente cree que la forma de aliviar ese sentimiento de culpa de saber que hay graves problemas de discriminación, pobreza y sufrimiento no se mata pensando en soluciones reales a esos problemas ni exigir a los políticos políticas públicas eficientes, mucho menos honestidad y transparencia, sino apoyando movimientos que llenan sus discursos de conceptos como justicia social y que claman venganza contra las élites, porque de ellas tiene que ser toda la culpa. Y una de esas élites es por supuesto los Estados Unidos.

La Segunda Guerra Mundial la ganaron los aliados. Pero esta vez junto a esos aliados estaba otro imperio: el soviético, el comunista. Fue un gran ganador que no era menos totalitario que aquel que enfrentaba. Y ese ha sido uno de los grandes besos de la muerte de la humanidad. Sí, los aliados liberaron parte de Europa y llegaron antes de que Hitler alcanzara poder nuclear. Pero olvidamos que Stalin también ganó. Que el otro extremo totalitario venció. Y no sólo venció militarmente, venció ideológicamente, venció su propaganda. Propaganda que todavía funciona hoy, treinta años después de la caída del muro de Berlín, en otros continentes y que se exporta de nuevo a una Europa que no ha terminado de renunciar a la idea de que el comunismo es totalitario y expansionista.

El comunismo y el socialismo han matado más personas que las guerras mundiales juntas. Guerras, hambrunas, genocidios, pero también la muerte del individuo, la aniquilación de los que quedan en vida sumisos a un Estado que no tolera al hombre su condición de hombre. El mundo tiene grandes retos pero no podrá enfrentarlos, ni podremos evolucionar hacia Estados realmente libres y de respeto a los derechos humanos mientras sigamos comprando conceptos sin contenido. Hay que ponerle historias reales al discurso. Caras. Realidad. Hay que terminar de derrotar el imperio que quedó luego de 1914: el imperio de la mentira.

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