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Gral. (R) Henry Medina Uribe
Columnista

Gral. (R) Henry Medina Uribe

Publicado el 10 de mayo de 2019

EL PODER DE LA PALABRA

No hemos podido comprender al biólogo y filósofo Humberto Maturana cuando afirma que vivimos en el mundo que creamos con nuestras conversaciones. Por ello, con frecuencia desaprovechamos el poder y fuerza de la palabra, indispensables en las conversaciones sobre ideas que persigan el bien, generen cambios positivos y promuevan la solidaridad. Al contrario, la usamos para descalificar al que piensa diferente, ocultar nuestras flaquezas, o amordazar nuestras conciencias. Seríamos una sociedad diferente si fuésemos más cuidadosos al expresar en nuestras conversaciones, nuestros sentimientos, nuestras pasiones, nuestros propósitos y nuestros intereses.

Si en la interrelación de causa-efecto «el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York», es perceptible que el lenguaje agresivo y en ocasiones mentiroso utilizado por las élites en Bogotá pueda incrementar los odios en la periferia del país e incentivar la violencia y la muerte. No es descartable que el uso perverso de la fuerza de la palabra haya incidido en el incremento de los atentados y muertes de líderes sociales. Lo cierto es que ello no ha ocurrido por generación espontánea, sino por causas que se deben analizar desde una perspectiva sociológica y en el contexto de todas nuestras violencias previas.

En la misma dirección, resultó deprimente el espectáculo dado por algunos líderes políticos durante el debate en el Congreso sobre las objeciones a la ley estatutaria de la JEP. Ante la ausencia de ideas sobre la conveniencia nacional de las objeciones, apoyadas en la razón y la verdad, afloró la diatriba y la ofensa personal. Como consecuencia, flaco favor se hizo a la reconciliación y a los laudables propósitos gubernamentales del Pacto por Colombia, a la vez que propició el trámite no suficientemente analizado, y sí lleno de probables inconvenientes, del Plan Nacional de Desarrollo.

La palabra es esencial para el liderazgo político, para los formadores de opinión y para los medios de comunicación. Estamos acostumbrados a su mal uso, por su afán de mover la emocionalidad antes que la racionalidad, circunstancia negativa de mayor efecto, en cuanto una mayoría de la población colombiana es apática en la búsqueda de información ilustrada, análisis juicioso y criterio propio sobre los aspectos de política y economía que le incumben, limitándose a seguir, a priori, la posición del político de su preferencia, que le ha tocado sus emociones y castrado su racionalidad.

Ante esa perspectiva desestabilizadora, surge la visión de una etapa de crecimiento postraumático. Si logramos crear círculos y redes de conversación generativa, con independencia, información veraz y sólida racionalidad, podemos propiciar el cambio psicológico positivo, superar los efectos del conflicto bélico, aumentar el respeto a la vida, construir nuevas oportunidades y avanzar hacia una democracia deliberativa. En términos de Bertolt Brecht, entender la crisis en que nos encontramos y justificarla, en la medida que ella se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer. Lo viejo son décadas de violencia fratricida absurda, lo nuevo es la perspectiva de paz con mayor equidad y justicia.

No sigamos utilizando la fuerza de la palabra para atizar la violencia, el odio y la venganza. Hagamos de los conflictos que surgen por la diferencia de intereses, un factor de desarrollo, y de la conversación una forma pacífica y efectiva para solucionarlos.

*Miembro de La Paz Querida

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