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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 18 de diciembre de 2019

El veinte veinte

Los números también se llaman cifras, palabra venida del árabe. Para estos hijos del desierto, cuyas arenas nadie calcula, una cifra era una escritura secreta y oscura, un vacío. De ahí que la primera asignación de cifra fue para el cero. Detrás de cada número había una verdad abreviada e ininteligible.

Cuando la cifra pasó a las lenguas romances, se aplicó también al cero y más adelante a los demás guarismos. Por eso los números se convirtieron en compendio de enigmas y quebradero de cabeza para colegiales. No faltaron entonces quienes se dedicaron a descifrar los números, es decir, a sacarlos de la cripta de murciélagos donde atormentaban a la humanidad.

Se les conoció en las calles como numerólogos, muchos de los cuales fueron avivatos que descrestaban calentanos. En el siglo sexto antes de nuestra era fulguró Pitágoras, filósofo griego, matemático, geómetra y astrónomo. Se abrumó al comprobar que las estrellas eran tan incontables como las arenas árabes. Al misterio de abajo sumó el de arriba. Y proclamó: “El número es el principio de todas las cosas”.

Los hebreos, aplicados al cómputo de monedas y al pulimento de lentes para mirar lo mínimo, crearon la cábala. Una tradición oral para explicar las escrituras en que eran declarados pueblo elegido. Derivó en adivinación, conjetura. Entre nosotros, hacer cábalas equivale a vaticinar, hacer suposiciones, nada serio.

Así, a lo largo de las civilizaciones los números no dejan tranquilo a nadie. Lo grave es que la realidad está hecha de números, todo fenómeno se deja encerrar en estos signos mágicos. Unas personas son más sensibles al guiño agazapado, otras lo dejan pasar creyendo orondamente que la combinación de hechizos no va con ellos.

Los años, por ejemplo, se identifican cada uno con una cifra distinta. Al sumar sus guarismos asoma alguna pista. Cuando señalan cambio de década, siglo, milenio, se agitan confabulaciones, catástrofes prontas, desembarcos de marines, el fin del mundo.

Hay años, eso sí, que gritan, son tan obvios. En dos semanas comienza uno de ellos. Es el 2020, más fácilmente recordable como veinte veinte. Será un año redundante, enfático. Lo que ocurra en él ocurrirá dos veces. Cada colombiano lo puede interpretar más fácilmente si se fija en lo estallado en las calles y cacerolas durante las recientes semanas.

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