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Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 01 de julio de 2019

¿ES EL GLIFOSATO LA ÚNICA SALIDA?

¿Son las fumigaciones áreas con glifosato la única solución para erradicar los cultivos de coca en Colombia?

Esta es mi pregunta después del anuncio del ministro de Defensa sobre la reanudación de las fumigaciones en 2019. Para el gobierno, esta parece la única estrategia posible para erradicar las 208 mil hectáreas de coca sembradas que han llevado a Colombia, otra vez, a ocupar el primer lugar entre los países productores de drogas ilícitas en el mundo.

La pregunta me recuerda las experiencias de Bolivia, Tailandia, China, Pakistán y Turquía que demuestran que las políticas de corto plazo de erradicación de cultivos ilícitos y las fumigaciones áreas con pesticidas no solo son ineficaces sino contraproducentes.

Así lo demuestran las investigaciones de varias universidades sobre las campañas de erradicación de cultivos de opio en Asia. También, estudios de la ONU y de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) que se han ocupado del caso de la coca.

Según el investigador James Windle, del University College Cork, de Irlanda, “los daños causados por la fumigación actúan como una barrera para que el Estado haga presencia en las zonas de sembrado, algo que termina empujando a las comunidades agrícolas a alejarse de la autoridad” y a hundirse en la pobreza. Esto desata conflictos violentos, promueve la inestabilidad política y solo hace más difícil acabar con los cultivos y aumentar su tamaño en el futuro. WOLA dice que “las aspersiones son parte del problema, además de que ponen en peligro la salud de poblaciones y ecosistemas locales”.

Bolivia, Pakistán, Turquía, China y Tailandia decidieron no usar químicos para combatir los cultivos ilícitos y adoptaron estrategias propias que en la mayoría de los casos han sido exitosas.

Desde 2009, Bolivia, por ejemplo, renunció a la fumigación, la interdicción y la estigmatización de los cultivadores de hoja de coca. En cambio, escogió un camino propio: la planeación concertada con los cultivadores, la diversificación productiva y sobre todo el desarrollo integral. Hoy tiene solo 21.500 hectáreas de coca cultivadas legalmente.

En Asia, las estrategias que alcanzaron éxito fueron de largo plazo, con una fuerte presencia del Estado en las áreas cultivadas y sin el uso indiscriminado de la fuerza.

En Turquía, a partir de 1972, el gobierno creó un sistema de regulación, hizo presencia en el territorio y ofreció licencias a unos 600 mil campesinos para comerciar opio legalmente con la industria farmacéutica.

China logró el éxito aumentando la cobertura del Estado en el campo y motivando a los campesinos a cultivar granos en lugar de opio, distribuyendo semillas mejoradas y dándoles acceso a la tecnología moderna.

En Vietnam, Laos y Pakistán, el Estado también llegó a los territorios cultivados que antes eran hostiles y logró conectar las regiones aisladas con los mercados legales, mostrando a los cultivadores la sustitución de cultivos como la mejor opción. En Pakistán, de los 800 mil kilos de opio cultivado ilícitamente, el país pasó a producir menos de 50 mil.

En Tailandia ocurrió una especie de milagro. El país logró reducir las exportaciones ilícitas de opio de 245 mil kilos en 1956 a 4.000 kilos en el año 2.000. Su estrategia fue promover el desarrollo humano, incluir a las comunidades en la planeación de los proyectos de sustitución y vincularlas a un plan de desarrollo diseñado para 30 años. Los tailandeses aprovecharon la desmovilización de las guerrillas para poner en marcha un modelo de desarrollo rural integral y atacaron de raíz la pobreza, el analfabetismo, la deforestación, el tráfico de personas y los problemas de salud.

Colombia parece haber elegido los caminos contrarios: estrategias a corto plazo, impaciencia, ausencia del Estado, abandono de los agricultores, incumplimiento en los planes de inversión y uso de la fuerza. Solo falta que se reanuden las fumigaciones con glifosato.

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