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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 22 de mayo de 2021

Están doblando por ti

Cuando a diario leo, y oigo, y veo las noticias de asesinatos en las calles de nuestras ciudades durante las marchas y los enfrentamientos, no puedo menos de traer a mi mente el texto del poeta inglés John Donne (1571-1631), que sirve de epígrafe a la famosa novela de Ernest Hemingway. “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra... La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy ligado a la humanidad y, por consiguiente, no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Uno no debe creer que la violencia que nos golpea está ocurriendo al borde de tu frontera personal sin que te llegue o afecte de alguna manera. Por el contrario, cualquiera que sea su forma, modo o circunstancia, cualquiera que sea la causa que la origina y cualquiera el verdugo que las perpetre, todas las violencias hieren a todos los hombres e infligen pena a toda la sociedad.

No hay muerte violenta de un ser humano que sea anónima y solitaria, aunque la oculten y sobre el cadáver, exhumado las más de la veces de una fosa común, pongan el siniestro epitafio mínimo de N.N. El “Nacht und Nebel” (Noche y Niebla) de los nazis. No hay violencia que se agote completamente en la víctima, sino que por el contrario, todas las violencias dejan secuelas y heridas que serán difíciles de cerrar y que afectan a toda la sociedad. Por eso, toda muerte violenta es parte de mi propia muerte, toda violencia es parte de una tragedia que llega hasta mi propio corazón.

Ni podemos predicar con la palabra o con el comentario fácil, y mucho menos cohonestar con el silencio cómplice, el lamentable axioma que pareciera regir en nuestra sociedad de que la violencia se cura con la violencia y que una muerte se redime con otra muerte. Aprobar este principio es echar a rodar la bola de nieve de la venganza, que termina por arrasar toda convivencia pacífica.

Tal vez la anterior reflexión no sea sino un frágil consuelo en medio del naufragio. Creo, sin embargo, que para llegar algún día a disfrutar de una utópica no-violencia, hay que empezar por crear en el recinto de la propia intimidad un sentimiento de solidaridad y condolencia con los que mueren víctimas de la violencia. No nos podemos lavar las manos impunemente, como Pilatos.

La paz empieza por el propio corazón. Si permitimos que la violencia nos convierta ese corazón en un nido de víboras, entonces no preguntemos por quién doblan las campanas. Doblan por mí, por todos. Están doblando por ti

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