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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 30 de abril de 2019

Frankenstein a la española

La opinión cabalga a golpe de “like”. Así se desprende de los resultados electorales de este domingo en España. Los socialistas del PSOE, que hasta antes de ayer corrían el riesgo de ser borrados del mapa por su indefinición ante el asunto catalán y por la izquierda radical castro-chavista de Podemos, ha resucitado de entre los muertos y se ha alzado con la victoria. Esto demuestra que el poder provoca un efecto vivificante en quien lo alcanza. No solo te hace más guapo y más listo sino que, gracias a los recursos públicos, gana elecciones. Así ha logrado Pedro Sánchez alzarse con el triunfo. Tras desalojar al centro-derecha del Gobierno mediante la única moción de censura que ha triunfado en la historia democrática española, Sánchez ha aprovechado como nadie sus once meses en el cargo para repartir chucherías a golpe de chequera a jubilados, funcionarios y rentas bajas, la masa electoral que decanta la balanza en las urnas. Sánchez no ha inventado la pólvora, la ha utilizado sin escrúpulos y ahora le tocará a las clases medias pagarla. Mientras, esas clases medias comienzan ya a rascarse los bolsillos ante lo que se les viene encima. Que no es otra cosa que un Ejecutivo “Frankenstein” compuesto de varios trozos de su padre y de su madre en el que a Sánchez le tocará bailar con los podemitas. Los mismos que reclaman un banco o una compañía eléctrica pública, impuestos a las actividades financieras, más presión fiscal para las grandes empresas, las que más empleo generan y que tienen Portugal al lado con grandes ofertas de descuento hechas, por cierto, por un gobierno de izquierdas. Entre ambos partidos, una idea común: disparar el gasto público para convertir al electorado en un ente dependiente de las ayudas del Estado.

Además, la alianza de izquierdas deberá apoyarse en un puñado de diputados regionalistas de aquí y de allá, y en los seis escaños de los nacionalistas vascos, que son más de derechas que Iván Duque, pero no hacen remilgos a nada si sacan tajada.

Mientras, la clase media y los empresarios tiene por delante cuatro años a la sombra, en los que a tenor de las proyecciones de todos los organismos se frenan al unísono la creación de empleo y el crecimiento. Lo que, unido al incremento del gasto público, resulta el fermento perfecto para otra crisis. Se preguntarán ustedes cómo es posible que los españoles hayan decidido hacerse el “harakiri”. La respuesta es sencilla: somos especialistas en la autodestrucción.

Aún así, el éxito de la izquierda no es solo imputable a que sus políticas resulten atractivas. La victoria que ha teñido de rojo casi toda España se debe a la fragmentación de la derecha. La irrupción de la ultraderecha de VOX con 24 escaños, en un Parlamento de 350 asientos, ha descosido por completo al centro-derecha del PP, que ha perdido la mitad de sus apoyos y obtenido su peor resultado con solo 66 diputados. La todavía segunda fuerza política ha quedado también mermada por el centro, donde Ciudadanos se ha situado a poco más de 200 mil votos del PP y a un punto porcentual, logrando incluso sobrepasar al PP en Madrid y en Cataluña, región, esta última, donde los populares han sido barridos con solo un escaño. La debacle del centro-derecha –recordemos que hasta ayer Ciudadanos se situaba más en el centro-izquierda que en liberalismo puro y llegó a apoyar a los socialistas– es el precio que debe pagar para su refundación. El electorado liberal-conservador tiene cuatro años por delante de sablazos fiscales, retórica chavista y envalentonamiento de los separatistas para reflexionar si le resulta rentable seguir tirando el voto. Pues, al fin, el flagelo al PP es un castigo a sus propios intereses. Por fortuna, tenemos a Europa para poner freno a los desmanes del gasto público y de los secesionistas que nos esperan. De lo contrario, en cuatro años acabaríamos como en Venezuela. Exiliados.

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