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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 04 de junio de 2015

Fundamentalismo

En varias oportunidades he defendido en esta columna la idea de que la polarización no es necesariamente mala para una sociedad. Y lo he hecho porque creo que en el marco democrático adecuado se pueden controvertir ideas, incluso si son tangencialmente opuestas y defendidas con firmeza, con beneficios sociales claros. Pero cuando esas condiciones de respeto, apertura y argumentación democrática no existen, la polarización puede profundizar los problemas e incluso imponer algunos vicios propios. La más notable de esas consecuencias dañinas es el fundamentalismo, es decir, la convicción casi violenta de tener la razón sobre todos los demás y de que esa razón debería sobreponerse sobre todas las otras.

El actual estado de cosas en la política nacional –y la cercanía de las elecciones locales- parece incentivar la polarización y el consecuente fundamentalismo, con sus discusiones sin argumentos, estos debates de sordos donde nunca hay intención de construir opiniones, sino de imponerlas. La simpleza de estas “peleas” lleva a que se cometan injusticias, pero sobre todo, a que no se logren consensos sociales mínimos sobre asuntos importantes. El fundamentalismo paraliza el progreso social, nos amarra a nuestros propios prejuicios, nos convence de que si ninguna idea ajena es válida de nada vale escuchar a los demás.

Resulta también preocupante que muchos de los más sensibles a estas ideas, a esta forma de ver el mundo y discutir sean los jóvenes que, azuzados por líderes irresponsables y maliciosos que manipulan incautos o cultivan fanáticos en la búsqueda de dividendos políticos, se enfrascan en los debates sin fin de las redes sociales, donde tener la última palabra parece más valioso que conocer mejor la posición del otro. Pero también en conversaciones en la calle, en las reuniones familiares e incluso en los salones de clase estas posiciones florecen: pelados que no superan los veinte años y que siguiendo un mal ejemplo de quienes admiran están llenos de odios, miedo y delirios de persecución.

El fundamentalista, por definición, cree que el resto del mundo está conspirando contra él, los suyos y sus ideas.

De igual forma, decide ignorar que la mayoría de las posiciones e ideas políticas cuenten con un menú muy bueno de argumentos sensatos para defenderlas, así como que casi todo gobierno o líder puede ser criticado con respeto y justicia. El problema es que muchos políticos y fanáticos prefieren el camino corto del miedo y la paranoia para construir mensajes y cultivar seguidores.

La primera víctima de esta situación, por supuesto, es la verdad, manipulada, estirada o negada por completo. La segunda baja es la prudencia, reemplazada por cabezas calientes y argumentos a medias que justifican posiciones insostenibles o acusan con exageraciones o mentiras al adversario.

Y la última víctima es la discusión política –que debería llevar al progreso en las soluciones que ideamos para nuestros problemas sociales- secuestrada por los gritos y la zalamería producto de ese profundo miedo de que al final ninguno de los que estamos en la algarabía tengamos la razón.

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