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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 12 de septiembre de 2020

Gestos

Los heridos suman más de doscientos, más de sesenta con arma de fuego, los muertos son diez y los días y las noches se prometen aciagos, tensos y largos, reina el caos y las imágenes de una ciudad iluminada por las llamas recuerdan las de Abril de 1948, las protestas y la rabia ciudadana que se hallaban congeladas desde marzo por una de las cuarentenas más largas del mundo han vuelto, el abogado Ordóñez tenía 44 años y dos hijos y a pesar de sus ruegos para que no le hiciesen daño fue eliminado por el exceso de fuerza de la policía, esta brutalidad hizo reaccionar y protestar a los jóvenes frente a una democracia imperfecta que los ignora y a la violencia institucional empeñada en repartir dolor e injusticia por nuestra amplia geografía, las protestas desembocaron en vandalismo injustificable pero la pregunta que hay que hacerse es de dónde provenían las balas que mataron a los jóvenes que cayeron asesinados durante la noche, el Gobierno promete las mismas investigaciones exhaustivas de siempre, repite la vieja retórica plagada de lugares comunes mientras la rabia, la indignación y la desconfianza aumentan, quién los mató es el interrogante que aquí nos hacemos los que impotentes presenciamos la desazón que produce la pérdida de confianza en las instituciones y en un gobierno solo preocupado por su hora diaria en TV.

Las preguntas sobre la formación y educación policial para que este sea realmente un actor pedagógico y un órgano de convivencia civil saltan a escena, pues su papel parece obedecer más al de una simple estructura militar del Estado, el problema no son las armas sino quienes las usan y para qué y en qué circunstancias lo hacen y aunque no se deba generalizar, el comportamiento de algunos miembros de los cuerpos policiales resulta despreciable, los ciudadanos desconfiamos de los protocolos que se han diseñado sobre el uso de las armas, “hay evidencia sólida en al menos cuatro sitios de Bogotá del uso indiscriminado de armas de fuego por parte de miembros de la Policía atentando contra la vida de nuestros jóvenes” dijo la alcaldesa Claudia López y además le pidió al presidente Duque que como comandante en jefe de la Policía, ordenase a sus miembros que no usen armas de fuego.

Mientras todos mientan, reconstruir la legitimidad y la confianza tomará años, el presidente cruel e indolente frente al dolor de las víctimas sólo atinó a decir: “Hemos visto hechos dolorosos el día de hoy, pero hemos visto también la actitud gallarda, férrea, no solamente de los comandantes de la Policía, sino también del señor ministro de la Defensa y de toda la institucionalidad para que se hagan las investigaciones”. Algo similar sucedió con las declaraciones iniciales del director de la Policía, duele saber que casi siempre quienes representan el poder están más del lado de los victimarios que del de las víctimas, cuánto nos cuesta pedir perdón y mirar al otro a los ojos para reconocer nuestro error, por qué resulta tan difícil dialogar y construir puentes, con gestos tan simples como esos podríamos empezar a reconstruir no solo la confianza, también la empatía y el país.

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