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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 20 de marzo de 2021

Hereje de cabecera

Pareciera que en Semana Santa se rebullen en el alma los fantasmas. Ángeles y demonios. Santos de devoción y herejes de cabecera. Como Giordano Bruno, que me acecha desde que en un otoño romano me dio por ir a rezarle en Campo dei Fiori, donde lo quemó la Inquisición. Amo a Giordano Bruno por hereje. No la herejía como contumacia o insulsa rebeldía, sino como fidelidad a las ideas y al propio destino.

Giordanus Brunus Nolanus nace en Nola en 1548 y a los 17 años se hace fraile dominico. Desde joven da muestras de rebeldía. Es ordenado sacerdote en 1572 y cuatro años más tarde da inicio a la vida de incomprensión y trashumancia de quienes no tragan entero. Inquieto, anárquico, perseguido sobre la base de no ceder en sus ideas y concepciones filosóficas y cosmogónicas. Su peregrinación es larga y penosa, entre la admiración y el desprecio.

Pasa fugazmente por Roma pero pronto la abandona, ahogado por la represión. No volverá hasta 1593, cargado de cadenas y con los grillos de la Inquisición. Pero antes, luego de esquivar su permanencia en la Ciudad Eterna, en 1578 se dirige a Ginebra, considerada la Meca de la herejía. La típica intolerancia de los herejes lo hace cambiar de rumbo y en 1579 está en Toulouse, famosa por su universidad, en donde la cátedra y el espíritu estudiantil le dan calma y serenidad. Un año y medio después ya está en París, donde triunfa y con su libro “Ars memoriae” (una especie de tratado de mnemotecnia) seduce y abre salones.

Es época de madurez y su filosofía se fragua, así como su cosmología, su interpretación del Universo. En 1583 lo encontramos en Oxford, metido en la plaza fuerte del aristotelismo él, el más furibundo antiaristotélico. A finales de 1585 regresa a París y se inicia su lento rodar por el precipicio. Va y viene, inestable. Al final, parece llegar a puerto seguro. El rico veneciano Giovanni Mocenigo, atraído por su arte de vencer el olvido, le ofrece un fementido mecenazgo y lo lleva a Venecia. Es una trampa. Pronto lo traiciona y lo entrega a la Inquisición que, en Roma, siendo Papa Clemente VIII, lo condena a la hoguera en 1600.

Bruno, hereje de cabecera. Sabio, filósofo, metafísico. Fue a lo esencial. Por eso no lo entendieron sus contemporáneos, atrancados en lo secundario. Amo a Giordano Bruno por hereje. Porque mantiene viva en el alma esa raicilla de rebeldía e inconformismo sin la cual es imposible vivir, creer en el mundo y aspirar al infinito. Y creer en Dios también. Porque la fe, en el fondo, es una forma de rebeldía. La única rebeldía salvadora

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