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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 16 de octubre de 2021

La City de Londres esconde el dinero robado del mundo

Por Nicholas Shaxson

redaccion@elcolombiano.com.co

En 1969, dos años después de que las Islas Caimán, un territorio británico, aprobara su primera ley para permitir fideicomisos secretos en el extranjero, un informe oficial del gobierno advirtió que estaba convirtiéndose rápidamente en un estado capturado por finanzas turbias.

Esos fueron los inicios punzantes de un sistema moderno sacado a la luz por los Pandora Papers, en el que los periódicos expusieron una mezcla heterogénea de tratos financieros secretos y cuestionables de más de 330 políticos y funcionarios públicos de más de 90 países y territorios, y más de 130 multimillonarios de Rusia, Estados Unidos y otros lugares.

Las revelaciones son de alcance mundial. Pero si hay un país en el centro del sistema, es Gran Bretaña. En conjunto con sus territorios de ultramar parcialmente controlados, Gran Bretaña es fundamental en el ocultamiento mundial de efectivo y activos. Es, como dijo la semana pasada un miembro del gobernante Partido Conservador, “la capital mundial del lavado de dinero”. Y la City de Londres, su centro financiero dorado, es el núcleo del sistema.

Para Gran Bretaña, cuyo inflado sector financiero exacerba los problemas económicos generalizados, eso ya es bastante malo. Para el mundo, a merced de un sistema económico amañado para los ricos, es aún peor.

El ecosistema offshore es, por diseño, endiabladamente complicado. Muchos instrumentos intrincados y opacos, incluidos los fideicomisos extraterritoriales, las lagunas fiscales y las empresas fantasma, además del secreto bancario y la regulación financiera negligente, envuelven los activos en turbias nieblas legales.

La riqueza en los paraísos fiscales es asombrosa: las estimaciones oscilan entre $ 6 billones y $ 36 billones. Y la red británica es, con seguridad, la más grande. Más de dos tercios de las 956 empresas que los Pandora Papers vinculan con funcionarios públicos se establecieron en las Islas Vírgenes Británicas.

El centro del proceso es la City de Londres. A través de la cotización del mercado de valores internacional, el comercio de divisas, la emisión de bonos y más, la City maneja una actividad financiera perfectamente respetable. Pero también es el principal centro neurálgico del oscuro sistema offshore global, que esconde y protege la riqueza robada del mundo.

En una época el corazón impulsor de las finanzas del Imperio británico, la City se ha remodelado a sí misma como un conducto crucial para el capital internacional de todo tipo. El momento clave llegó cuando, en medio de la descolonización, el Banco de Inglaterra dejó que el país acogiera el nuevo mercado del eurodólar. Este era un espacio offshore casi desregulado y altamente rentable, separado de la economía británica, donde los bancos extranjeros, en su mayoría estadounidenses, podían hacer cosas que no podían hacer en casa.

En la década de 1970, este mercado comenzó a fusionarse con los paraísos fiscales de Gran Bretaña y otros, en una red global sin fisuras. Desde entonces, los paraísos británicos han actuado como buques recolectores de diversas actividades financieras de todo el mundo, legales o no.

En conjunto, los dos han causado daños incalculables. La pérdida de ingresos fiscales es deslumbrante: las corporaciones utilizan los paraísos fiscales para evitar pagar un estimado entre $ 245 mil millones y $ 600 mil millones al año.

Pero los impuestos son solo una parte de la historia. El juego global del engaño, jugado durante décadas por los ricos y sus funcionarios en la City, ha erosionado el Estado de derecho y ha arrebatado la confianza de los ciudadanos en el sistema.

Después de la crisis financiera mundial de 2008, se realizaron algunos esfuerzos por la reforma. Pero ahora, mientras los recuerdos de la crisis se desvanecen y el Brexit comienza a morder, el gobierno quiere revivir las artes más oscuras de la City. Un nuevo capítulo en el que se repite invariablemente la palabra competitividad.

La deferencia de Gran Bretaña por el dinero sospechoso es contraproducente. Su centro financiero excesivamente “competitivo” es una maldición cuyas consecuencias son innumerables: desigualdad regional, economía desequilibrada, productividad menguante, inversión estancada, inflación de precios de activos y corrupción política.

Pero es el mundo el que más sufre. Para revertir la desigualdad y la injusticia, expuestas tan crudamente por la pandemia, debemos enfrentar a los paraísos y los intereses creados en Londres que los protegen.

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