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Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 23 de mayo de 2019

La guerra de los hackers

Hackear es la nueva manera de hacer la guerra. Y los hackers son los nuevos soldados.

Estados Unidos fue atacado, cibernéticamente, por los rusos. Pero eso no desembocó en una declaración de guerra. Ni en una confrontación pública entre los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin o en amenazas nucleares. Al contrario, Trump parece hacer todo lo posible para llevarse bien con el líder ruso. Y debemos esperar nuevos ataques, no solo de Rusia, sino también de muchos otros países. Esa es la nueva normalidad.

Hay ataques de ataques. Los del 11 de septiembre del 2001 cobraron la vida de casi tres mil estadounidenses, provocaron dos guerras –Afganistán e Irak– que aún hoy arrastramos y cambiaron radicalmente nuestro estilo de vida. Todos los días hacemos cosas para que no haya otro atentado terrorista. Pero parece que los ataques cibernéticos –que no se cuentan en vidas humanas– son tolerables y esperados con cierta frecuencia. ¿Quién no ha sufrido un virus, un hackeo o un robo en su computadora? Los gobiernos, como las personas, asumen que no hay total privacidad ni seguridad en el mundo digital.

Una de las conclusiones más graves del reporte del fiscal especial, Robert Mueller, es que durante la pasada campaña presidencial los rusos interfirieron para beneficiar a Trump y para perjudicar a la candidata Demócrata, Hillary Clinton. A través de una agencia gubernamental –Internet Research Agency– basada en San Petersuburgo, los rusos realizaron “una campaña de redes sociales diseñada para provocar y amplificar las disputas políticas y sociales en Estados Unidos”. La operación rusa, iniciada en 2014, evolucionó y para 2016 “favoreció al candidato Trump y atacó a la candidata Clinton”.

¿Qué hicieron los rusos para lograr sus objetivos? Primero, “compraron publicidad política en redes sociales en nombre de personas u organizaciones de Estados Unidos”. Segundo, “el gobierno ruso hackeó y distribuyó material robado que perjudicaba a la campaña de (Hillary) Clinton” a través de una agencia de inteligencia conocida como GRU (o General Staff of the Russian Army). Esto incluye el robo de “cientos de miles de documentos” de correos electrónicos de empleados, de voluntarios y del jefe de campaña, John Podesta. Esos documentos se dieron a conocer a través de WikiLeaks y de sitios ficticios como DCLeaks y Guccifer 2.0. Y tercero, hubo múltiples contactos de los rusos con miembros de la campaña de Trump.

El reporte claramente indica que “la investigación no estableció que miembros de la campaña de Trump conspiraron o coordinaron con el gobierno de Rusia sus actividades para interferir en la elección.” Pero Trump, al final de cuentas, salió beneficiado.

¿Cuánto? Imposible saberlo. No hay manera de cuantificar el número de votos extras que obtuvo Trump –o que perdió Hillary– gracias a la interferencia de los rusos.

¿Cuántos tuits o mensajes en Facebook e Instagram se necesitan para que una persona cambie de candidato? ¿O será que nadie cambia y solo utilizamos las redes para corroborar nuestros pensamientos y prejuicios?

Vivimos en un planeta plagado de fake news y de confusión de contenidos. Hay una nueva teoría en el periodismo digital que sugiere que el mundo es caos, que los reporteros no podemos explicarlo y que, por lo tanto, nos inventamos historias o narrativas para darle sentido a cosas que no las tienen. Más que historias o cuentos, sugieren los nuevos teóricos, deberíamos concentrarnos en reportar datos y tendencias.

El gobierno de Rusia negó las conclusiones del reporte Mueller y asegura que no intervino en nada. El problema es que se trata de una historia perfectamente contada, con protagonistas y villanos, y con una inigualable trama de espionaje internacional. Lo que no sabemos -aunque lo suponemos- es el final.

Si partimos de la base que todo gobierno busca (antes que nada) su supervivencia, entonces va a espiar y ciber-atacar a sus enemigos potenciales. Y basta un hacker con una computadora portátil en Portland, Moscú, Caracas o en Pyongyang para poner a la defensiva a cualquier gobierno o corporación multinacional.

La burda intervención rusa en las pasadas elecciones es solo un adelanto. Hackear es la nueva guerra por otros medios.

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