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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 22 de septiembre de 2015

La guerra de Maduro

Un señor con camisola roja, abrigo militar y un casco prusiano agarra un teléfono de los de antes, de esos negros y pesados que no han visto nuestros hijos. Marca en el dial unos cuantos dígitos y aguarda. Tras unos segundos, alguien responde al otro lado.

–¿Es el enemigo? Que se ponga –inquiere el hombrecillo–. Tras unos segundos de pausa, prosigue.

–¿Ustedes podrían parar la guerra un momento? –pregunta–. Ante el ruido de las bombas, grita más alto. –¿Que si podrían parar la guerra un momento? –Espera la respuesta y prosigue.

–Le querría preguntar una cosa... Esto... ¿usted va a avanzar mañana?

(Pausa). ¿A qué hora? (Pausa). Entonces, ¿cuándo? (Pausa). ¿El domingo?

(Pausa). Pero, ¿a qué hora? (Pausa). Es que a las siete estamos todos acostados... (Pausa). ¿Y no podrían avanzar por la tarde? Después del fútbol... (Pausa). ¿Van a venir muchos? (Pausa). Hala, qué bestias, no sé si habrá balas para tantos.

La surrealista conversación no es más que extracto de la brillante parodia de un genial cómico español de todos los tiempos, Miguel Gila.

Titulada «la guerra de Gila», el monólogo termina con esta guasa. «De acuerdo, hasta el domingo. Que usted lo mate bien». Gila, un antibelicista militante, quiso con esta burla subrayar la estupidez a la que puede llegar el ser humano y la máxima expresión de esta: la guerra.

No hacía más que seguir una larga tradición cuya obra maestra no es otra sino «El gran dictador», de Charles Chaplin, una película que debería ser visionada en los colegios de todo el mundo por todos los alumnos como parte crucial de su educación.

El pasado 19 de agosto el régimen del dictador venezolano Nicolás Maduro desató una calculada crisis fronteriza contra Colombia que comenzó con el cierre del principal paso fronterizo, entre la ciudad de Cúcuta y las venezolanas de San Antonio y Ureña. La excusa inventada no tiene desperdicio: Maduro aseguraba que la decisión pretendía luchar contra el contrabando y presuntos paramilitares. Para atizar el asunto, Maduro ordenó luego ampliar el cierre y el estado de excepción a una gran parte de la frontera entre los dos países. Se cerraron los pasos entre La Guajira y Zulia y entre Arauca y Apure.

Mientras tanto, y para seguir provocando, se trató como a ganado a miles de colombianos residentes en Venezuela, algunos de ellos desde hace generaciones. En un reciente informe, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios señaló que 19.686 colombianos han regresado por su propia cuenta a su país procedentes de Venezuela desde que comenzó la crisis fronteriza y otros «1.608 han sido deportados» sin venir a cuento. El organismo humanitario denuncia que «el número de retornados puede ser mayor a lo reflejado en el registro oficial, teniendo en cuenta que se desconoce el número de personas que estarían llegando a Colombia a través de cruces informales».

La maniobra de Maduro no buscaba más que extender una cortina de humo entre su población. Crear un conflicto contra un país con el que las relaciones son siempre tensas (especialmente desde que Venezuela la gobiernan descerebrados) y tapar los graves problemas internos que asuelan a la población del país caribeño. Paro, corrupción, endeudamiento, escasez alimentaria, violencia y la caída de ingresos por el desplome de los precios del petróleo, monocultivo en aquellas tierras pese a que el chavismo prometió hace siglos acabar con esta situación.

Por fortuna, el presidente Santos dio una respuesta medida. No cayó en la trampa, en la «guerrita» de Maduro, pero tampoco le dejó hacer. Por una vez, sin que sirva de precedente, Santos ha acertado. Eso sí, la reunión de ayer con Correa sirviendo el cafelito sobraba. A no ser que estén de bufa.

–¿Es el enemigo? Que se ponga... .

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