Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 09 de enero de 2019

La medida del dolor

Solemos medir el dolor: “Mija, eso no es nada comparado con lo que le pasó a fulanita”. La herencia judeocristiana del dolor como purificación ha convertido nuestra vida en una especie de competencia de sufrimiento. Reverenciamos a quienes viven un infierno terrenal como si tuvieran el cielo garantizado (damos por cierta la existencia de ese lugar o “estado”).

Como muchas madres, veo partir a mis hijos. Como pocas, lo hago con el privilegio que significa elegir con libertad el destino propio.

En una mañana en la que al sol se le pegaron las cobijas, salgo con mis niños a una carretera de seis carriles, sin límite de velocidad, rodeada de árboles desnudos. Entre la filigrana de las ramas, adivinamos diminutas aldeas y palacios de postal. En la distancia, asoman molinos de viento; los faroles carmesí donde confluyen sus aspas parecen contemplar nuestra travesía –¡terror para cualquier Quijote!–.

Rompemos el silencio con música de la juventud ya vivida. Radiohead, Fleetwood Mac, The Clash. Cantamos juntos en homenaje al clima local: “Un grande nubarrón se alza en el cielo...”.

Miro desde el retrovisor a mis hijos, vencidos por el cansancio. Evoco la crónica que Alberto Salcedo Ramos publicó recientemente en The New York Times, imagino al hijo de Luz Marina Bernal –madre de Soacha– cabeceando en el vehículo que lo condujo a la muerte. La alcanzo a sentir desesperada por la ausencia.

(“Creer que un cielo en un infierno cabe”, nadie ha descrito el amor con la precisión de Lope de Vega).

Yo, que lloro desde el título de las películas, me contengo. Me aferro a un sufrimiento superior. A la separación súbita, obligada, perpetua, de Luz Marina y su hijo.

A las “nuevas mamás” de mis niños les sorprende mi estoicismo. Me refugio en su bondad, en lo temporal, en “la oportunidad educativa”, en la “conquista del mundo” y todo el cuento edificante ese.

El español no tiene una palabra para designar a quien pierde a su hijo: eso no tiene nombre, como lo escribió Piedad Bonnett. Entiendo que mi dolor no es mínimo pero se diferencia de otros porque sí puede ser expresado, es parte de la vida.

Los hijos no “son prestados”: son de uno, no existen los exhijos. No ha nacido el obstetra que corte del todo el cordón umbilical.

Mi sentimiento se transforma en rabia ante la realidad que parece inmutable a través de los siglos: que algunas mujeres les entreguemos nuestros hijos al mundo, mientras que a otras les sean arrebatados. Que la cuna –la gran ruleta: patria y hogar– marque el destino.

Despido a mis hijos con felicidad genuina. Mejor lo diría Clarice Lispector: “Una no cría a los hijos para una misma, nosotros los criamos para ellos mismos”.

Hoy, comparten pupitre con adolescentes que han tenido muchísimo más que ellos (educación escolar pública de calidad, por ejemplo) y con refugiados sirios que apenas balbucean el idioma local, mientras descubren el regocijo de beber agua potable, comer más de una vez diaria. Algunos jamás verán de nuevo a sus padres.

Ningún sufrimiento tiene medida. Mi dolor es solo mío, individual, pasajero. Pero el de Luz Marina Bernal –y miles de madres como ella– no puede ser solo suyo. Es eso que llaman “dolor de patria”.

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