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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 19 de abril de 2019

La muerte

Vemos la muerte como separación de cuerpo y alma. Visión dualista que no corresponde a la mentalidad bíblica, que es monista, pues ve cuerpo y alma como las dos dimensiones esenciales del ser humano, distinguibles, no separables.

Vamos naciendo, viviendo, muriendo y resucitando simultánea y dinámicamente en cuerpo y alma. Al nacer comenzamos a morir y al morir acabamos de nacer. A esta luz, el cadáver no es el cuerpo, sino el residuo que queda en un proceso de transformación radical en cuerpo y alma hacia la plenitud de la vida, que es Dios, la resurrección.

San Juan de la Cruz tiene estos versos sublimes. “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura; / mira que la dolencia / de amor que no se cura / sino con la presencia y la figura”, con el siguiente comentario del mismo poeta: “No le puede ser al alma que ama amarga la muerte, pues en ella halla todas sus dulzuras y deleites de amor”. El lector se siente invitado a derretirse de amor por todo en cada paso del camino.

El comentario manifiesta que el poeta místico ha llevado el amor hasta el supremo vértice. “El alma que ama a Dios, más vive en la otra vida que en ésta; porque más vive el alma adonde ama que donde anima, y así tiene en poco esta vida temporal”.

Cuando San Juan de la Cruz está agonizando, el superior le lee la recomendación del alma, en la cual pide perdón por sus pecados confiando en la inmensa compasión divina. Pero el moribundo suplica afablemente: “Eso no lo he menester, padre, léame de los Cantares”. Y después de escuchar unos versículos del Cantar, comenta extasiado: “¡Oh, qué preciosas margaritas!”.

Momento propicio por excelencia el viernes santo para meditar en la muerte y hacer de ella la amiga del alma que en todo momento nos enseña a vivir con amor y sin apegos. El día en que Jesús, Dios hecho hombre, murió y resucitó, sucedió el milagro de los milagros, el misterio de los misterios, en que la muerte culminó en resurrección, el supremo acontecimiento de la creación.

Con Jesús, la resurrección ya no consiste en revivir un cadáver, sino en alcanzar la vida en plenitud, que es el mismo Dios. Y cuando Jesús responde así a la súplica del buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, el paraíso ya es, no un lugar, sino Jesús, el mismo que responde, y que San Agustín expresa de modo asombroso: “Después de esta vida, Dios mismo es nuestro lugar”.

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