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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 12 de junio de 2019

La política como contaminación

El lugar que ocupa la política en el elenco de prioridades de la gente tiene poco que ver con la vida real de las mayorías. Esta parece ser una afirmación políticamente incorrecta. Como si se estuviera justificando con ella el alto abstencionismo electoral o la despolitización de muchos.

De modo que es preciso poner en blanco y negro semejante postulado inicial, semejante herejía. ¿Qué les interesa más a las personas, entre las múltiples dimensiones de sus vidas? La número uno en el ranquin es la realización propia. No el éxito, como pensarían los yuppies.

El éxito es la fama, la plata, el poder, y no a todo el mundo le interesan estas golosinas. Los humanistas, artistas, apasionados, son capaces de pasar los días con la mirada puesta en las estrellas nocturnas. La recompensa va por dentro de sus pechos. Algún día, tal vez después de muertos, harán la mayoría de uno contra todos.

La segunda prelación es la familia. Hombres y mujeres –más ellas que ellos- se rompen los huesos con tal de “sacar adelante” a sus hijos. Incluso cuando sienten malogrado su destino, sudan para que los niños no pasen por las que pasaron ellos y lleguen a donde ellos no lograron. Es la carrera de relevos de la descendencia.

Los amigos, sí, esa suerte de familia extendida que se escoge generalmente desde la infancia y adolescencia. Son la tercera preferencia. Ante ellos no hay que fingir ni presumir, pues lo conocen a uno desde cuando uno no era uno. Por la pandilla se va hasta el final.

Pues bien, a esta altura de las prioridades vitales no ha aparecido la política como candidata a un cupo. Así, cada cual enumeraría aquellos impulsos y propósitos que componen su bitácora de viaje. Casi con seguridad, el ochenta por ciento de los ciudadanos harán una lista en que los aspavientos de la política figuran en posición de derrota.

No obstante, la política nos atosiga, copa las páginas y horas de periódicos y noticieros, construye héroes y pícaros. Y lo que es peor: nos divide, fractura la mesa del comedor, convierte en trincheras los extremos desde donde nos mirábamos y admirábamos cuando cabíamos todos en la misma casa.

Por supuesto, la política atraviesa transversalmente muchos de los contornos humanos. Solo que sus felonías los contaminan e impiden que las gentes se vinculen de tú a tú a partir de predilecciones e ímpetus compartidos.

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